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La palabra poética
Bernardo González Koppmann

                                                              "En la palabra vivo"

                                                                          (B. G.)

 

Que vivimos en la cultura de la imagen real, plástica y figurativa nadie lo duda; pero de ahí que ella sea profunda y personalizadora hay un mundo de distancia.

 

Atolondrados como andamos, sólo percibimos objetos concretos y definidos de antemano a través de la televisión, el cine, los videos y la prensa sensacionalista que busca despertar nuestros sentidos, pero no nuestra imaginación.

 

Es común escuchar a los profesores quejarse de la influencia de la caja idiota, los flippers y los nintendos que distorsionan las percepciones de sus alumnos, especialmente en dos aspectos. El primero y más superficial sería la forma banal de perder el tiempo con cintas violentas o pornográficas que influirían negativamente en la conducta juvenil. Aquí nos podríamos alargar infinitamente hablando de la moral contemporánea; pero eso es harina de otro costal, como decimos en Chile.

 

El segundo motivo de crítica de los docentes, entre los que me incluyo, se refiere a la simplificación del aprendizaje actual cuando se usa y abusa de las técnicas audiovisuales. Me explico. El educando mira y repite, pero no desarrolla capacidad estética para analizar y crear su propia imagen; es decir, imita modelos de dudosa humanidad. Cuando el profesor de castellano o lenguaje - en un liceo de Talca o de Nevermore - indica una lectura, el muchacho opta por ver la película si ésta ha sido filmada, llámese “Crónica de una muerte anunciada”, “Romeo y Julieta”, “El cartero”, “La casa de los espíritus”, “El túnel”, “Como agua para chocolate” y otras.

 

La riqueza de la palabra escrita, sin embargo, estriba en que cumple simultáneamente varias funciones y una de ellas, además de nombrar, describir o desmenuzar objetos y situaciones, radica en sus atributos literarios, poéticos, evocadores. Cuando alguien ve una película basada en una novela sólo capta su retina de espectador la versión o adaptación del libreto hecha por parte del director; agreguemos a esto la posibilidad que los actores tengan una buena o mala perfomance, pudiendo distorsionarse aún más el sentido original del texto. En cambio la lectura nos involucra racional y emocionalmente en el desarrollo de la obra, y con imaginación y fantasía recreamos a los personajes y sus circunstancias una y mil veces. El arte no se agota con una mirada; permanece, soporta relecturas, se consolida como paradigma y nos forma como personas en un proceso interno - invisible pero incuestionable -, cuando hemos apelado a las más íntimas resonancias intelectuales que guardamos en ese subconsciente sorbido en la leche materna del lenguaje.

 

¿Dónde está el problema? Sencillamente, en que las nuevas generaciones cada vez se expresan peor, tanto en forma oral como por escrito. Y si alguien no logra comunicar fidedignamente sus vivencias y emociones, es un ser incompleto, mutilado en su capacidad de desarrollar capacidades, talentos, virtudes y valores intrínsicamente humanos. Hoy existen innumerables códigos que están matando la imaginación, la sed de aventura, de búsqueda y de exploración de nuevos signos y símbolos siempre emocionantes. Es la cultura de la modernidad que nos ofrece el sistema neoliberal; es decir, la cultura de lo obvio, de lo cómodo y de lo vacío que nos imposibilita pensar en forma original y crítica para que podamos modificar sustancialmente el actual estado de cosas. Sin pensamiento propio nunca podremos encontrar alternativas distintas con las cuales construir una sociedad más justa y fraterna.

 

La imaginación es la facultad de crear realidades distintas a partir de las sensaciones o percepciones. La palabra poética posee tales cualidades cuando las metáforas se constituyen en lenguaje vivo; la cosa concreta, objetiva, real, se transfigura y entonces sueña, corre, vuela… Así el vocablo “pan” es alimento, pero también - por obra y gracia de las figuras literarias que nos han ayudado a lograr una imagen - puede significar esfuerzo, trabajo, solidaridad, comunión o la connotación que el poeta le quiera dar. Según el pensador francés Gastón Bachelard, estas imágenes nuevas “se reconocen por su lirismo activo, por una señal íntima. Renuevan el alma, dan esperanza a un sentimiento noble, vigor a nuestra decisión de ser persona, tonifican incluso la vida física. Gracias a ellas las palabras, el verbo, la literatura toda, ascienden a jerarquía de imaginación creadora. El pensamiento al expresarse en una imagen nueva encuentra su propio idioma. El ser se hace palabra”.

 

Por ello estoy convencido que mientras el hombre no logre plenitud personal y social - y padezcamos los burdos abusos del poder económico, político y religiosos establecido -, el oficio de escritor será imprescindible.






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 Referencia
Bernardo González Koppmann.  "La palabra poética."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   19 de enero de 2006.
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