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El oficio de escribir
Bernardo González Koppmann

“Los montes crían letrados”

(Cervantes)

 

 

El tercer milenio se ha iniciado con una verdadera revolución en las comunicaciones con el uso indiscriminado de la computación y la Internet, pero, contradictoriamente, en estos tiempos escribir es un trabajo desvalorado debido a que los creadores siempre han ido contra corriente y conviene tenerlos callados o bajo control para que no despierten las conciencias dormidas de la masa amorfa de los trabajadores modernos que no piensan, no protestan, ni luchan por sus derechos.

 

Parece increíble que el hecho más importante de la evolución del intelecto humano, como fue la invención de la escritura que separó el tiempo en prehistoria e historia, hoy no sea considerado en su real envergadura salvo por uno que otro iluso que todavía cree en la capacidad de las palabras para formar personas íntegras.

 

Desde los egipcios y, aún antes, desde las rayas hechas en las cavernas hasta la cultura de la imagen que padecemos, mucho garabato ha pasado bajo los puentes. Cada cultura goza y sufre con su lenguaje. A nosotros, hispano parlantes, no correspondió por esas cosas de la vida comunicarnos a través del castellano traído por los conquistadores y esparcido por el continente latinoamericano como un reguero de pólvora.

 

Pero el  oficio de escritor es ignorado y jamás fue reconocido como profesional. Siempre ha sido un ser marginado por el mercadeo que organiza la sociedad según el vaivén de la oferta y la demanda. La razón de la antinomia lucro – poesía es obvia; el arte promueve valores intrínsecamente humanos, en total oposición a las motivaciones del interés que basa su “dejar hacer” en el egoísmo y la prepotencia de los más fuertes contra los más débiles. Para disfrutar un poema, una novela o una obra de teatro hay que desprenderse de las preocupaciones insulsas y neurotizantes provocadas por la publicidad que acecha nuestras debilidades para estrujarnos incluso lo que no tenemos.

 

Inmerso en esta cultura de lo desechable, por supuesto que el oficio de escritor es inoficioso, improductivo e irrelevante porque no aporta divisas a las empresas ni al estado. ¿Quién va a leer poesía en un país como Chile con millones de pobres donde hay tanto que comprar, tanto que trabajar y tanto que pagar para no quedarse al margen del progreso, del desarrollo y de la modernidad?

 

Don Quijote, entre sus inoportunas verdades y sus disparatadas sensateces, dijo cierta vez: “Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, vahídos de cabeza, indigestiones de estómago y otras cosas a estas adherentes…”.

 

Sin embargo, aunque usted no lo crea, en este mundo existen personas que sueñan, imaginan e inventan universos, hacen trascender lo rutinario, ennoblecen la realidad y dignifican al hombre. Así, desde épocas inmemoriales el ser humano se niega a sucumbir en las sombras de la barbarie y busca por todos los medios dejar testimonio y evidencia de su paso por la tierra, con el fin de comunicarnos sus sentimientos y utopías, recurriendo para ello a lajas, carboncillo, humo, pluma, lapiceras, bolígrafos, máquina, computador y fax.

 

Por estos días andan nuestros escritores en los mismos entuertos que el Caballero de la Triste Figura, chocando con molinos de viento y muros de conventos, pernoctando en ventas encantadas, gobernando ínsulas inexistentes o amando a una doncella que ronca entre muleros.

 

No han cambiado mucho las cosas; a nuestros hombres de letras con sus papeles bajo el brazo los echan hasta de las bibliotecas públicas porque olvidan la contraseña. Oreste Plath - destacado investigador del folclor chileno - alguna vez no lo dejaron ingresar a una feria de libros porque no acreditó su calidad de socio de la SECH (Sociedad de Escritores de Chile). Agreguemos a este panorama el IVA (Impuesto del Valor Agregado) a la creación, como el costo de publicación de un libro, la ausencia de becas a talentos natos e independientes, la falta de políticas culturales, el nulo intercambio de experiencias con creadores de otras latitudes, la imposible jubilación de los poetas y el no otorgamiento del año sabático a los literatos. Panorama que desanimaría al más valiente.

 

Y pese a todo, la inefable belleza no cesa de fluir para convocarnos desde la eternidad a vivir en plenitud lo cotidiano. Antes de terminar los dejo con el notable “Epitafio para Joaquín Pasos” del ex ministro de cultura de Nicaragua, Ernesto Cardenal: “Aquí pasaba a pie por estas calles, sin empleo ni puesto/ y sin un peso./ Sólo poetas, putas y picados conocieron sus versos./ Nunca estuvo en el extranjero./ Estuvo preso./ Ahora está muerto./ No tiene ningún monumento. Pero/ recordadle cuando tengáis puentes de concreto,/ grandes turbinas, tractores, plateados graneros, buenos gobiernos./ Porque él purificó en sus poemas el lenguaje de su pueblo/ en el que un día se escribirán los tratados de comercio/ la Constitución, las cartas de amor y los decretos”.






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 Referencia
Bernardo González Koppmann.  "El oficio de escribir."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   19 de enero de 2006.
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