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El artista en la sociedad contemporánea
Bernardo González Koppmann

“Piedad para nosotros,

los que exploramos la frontera de lo irreal”

(Apollinaire)

 

 

Cuenta Neruda que el poeta Miguel Hernández, proveniente de Orihuela, se detenía a cada paso bajo los árboles de Madrid para oír pájaros, y cuando sus amigos, entre los que se contaban García Lorca, Alberti y otros integrantes de aquella Generación del 27, le preguntaron en qué oficio le gustaría trabajar en la ciudad, dado que era campesino, respondió impávido que como pastor de cabras. Murió muy joven durante la guerra civil, y su mujer atendió hasta que la acompañó la salud un puesto de verduras en su pueblo natal. Y conste que Hernández es considerado uno de los poetas mayores del amor y de la muerte en las letras españolas.

 

Stela Díaz Varín, poeta serenense radicada por largos años en Santiago, de voz y hechuras propias, quiso allá por la década del 40 que presentara su primera obra en la casa central de la universidad de Chile Jorge González Bastías. El escritor maulino va de su rincón agreste a la capital de Chile, lee y regresa parsimoniosamente envuelto en su inseparable manta de Castilla. Esto me lo contó la propia Stela una noche de lluvia en Simpsom 7, junto a otras infidencias que me reservo.

 

Beethoven, quien en ocasiones no tenía zapatos para ir a enseñar piano a ciertos jóvenes, durante una exposición de naturalezas muertas, retratos y paisajes, se detuvo largo rato frente a una ventana convencido - según sus biógrafos - que miraba un cuadro, y al seguir su paseo por la galería de improviso escupió una pintura creyendo que era la ventana.

 

Verdad o mentira, las tres anécdotas reflejan la eterna interrogante respecto a la sensatez de los artistas y, de paso, nos ilustran sobre esa rebeldía innata que los caracteriza cuando se trata de coincidir con el tiempo histórico que les cabe en suerte vivir. Sobre los poetas ha caído desde hace siglos un manto de ironía que intenta ridiculizar sus obsesiones y soledades, llamándoles el vulgo comúnmente “pájaros raros”, “enajenados” o “desadaptados”. Pero, me pregunto, ¿quién está realmente equivocado, el artista o la sociedad?

 

Las políticas culturales, cuando han existido, merodean sobre gustos masivos priorizando sobre el “impacto” o la “cobertura” de algún proyecto circunstancial, por sobre el proceso creativo y la calidad estética del producto. Así, el auténtico creador, sea músico, escultor, novelista o cineasta, cuando no apela a un partido político de gobierno, a un particular influyente o a una institución filantrópica sin fines de lucro, no tiene ninguna posibilidad de acceder al financiamiento de su locura.

 

Conozco a varios artistas que pasan décadas y décadas plasmando una obra y mueren sin ver los frutos de su esfuerzo, ignorados ya sea por la veleidad o la estrategia macroeconómica neoliberal y, sin embargo, lo más sorprendente, esos porfiados soñadores se empecinan todavía a pesar de los pesares, contra viento y marea, por fusionar alma y materia otorgándole forma y fondo a la luz, al color, al sonido, a la piedra, sin importarles la triste realidad que los acecha, fieles a la insobornable vocación de crear que los habita y los sumerge en gestos, costumbres y leyendas empozadas en la memoria colectiva, como la vida misma en la lenta sabiduría de ser y estar en lo verdadero, esperando a un lector atento que venga a rescatarlos del olvido y la decadencia, en cualquier época y en cualquier lugar. Es la sencilla dialéctica de la poesía, de lo bello; esa alegría para siempre que nos sorprende cuando menos lo pensamos.

 

En una carta dirigida a una amiga de Ámsterdam, Van Gogh envió el siguiente mensaje válido para todas las muchachas del mundo: “Y, sobre todo, me preocupa que creas que tienes que estudiar mucho para poder escribir. No, querida hermana; aprende a bailar y enamórate de uno o de varios ayudantes de notario, oficiales o lo que esté a tu alcance. Es mejor que cometas algunas locuras en vez de estudiar el idioma holandés, que no sirve para nada, a no ser para atontar y abotagar al hombre”. Texto audaz que hoy le traería más de algún problema al pintor de girasoles y cuervos, tal cual le sucedió a Sócrates, a Rimbaud, a Miguel Ángel, a Víctor Jara. ¿Sabían ustedes que Vincent Van Gogh jamás vendió un cuadro y que vivía de pensión en pensión  de la caridad ajena? Hoy una sola de sus pinturas vale millones de euros o dólares que van a para a bolsillos perfectamente fatuos.

 

Ay, pobre cordura, que lástima me das.






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 Referencia
Bernardo González Koppmann.  "El artista en la sociedad contemporánea."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   19 de enero de 2006.
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