I
Acaso pocos elementos sean capaces de parangonar calidades alusivas de experiencias importantes como las del agua. Más poética que el fuego, la tierra o el aire, y también más esencial en la composición de organismos y en el rejuvenecimiento de las especies, el agua es cita ineludible cuando se quiere decir de calidades o de condiciones que embargan a la existencia. Desde antiguo lo comprendieron así las culturas y, en diferentes tradiciones, es hasta hoy la materia más noble en el acto de la limpieza espiritual que éstas administran en los recién nacidos o en aquellos que se inician en una nueva etapa de sus vidas.
Justo es recordar que el agua posee, en su exceso, la connotación de muerte. El anegamiento y desborde de cauces o de lluvia diluvial son modos de poner fin a los estados humanos que se han mentido firmeza indestructible o arrogante perversión de lo natural.
La presencia del agua se ha vertido en poemas inolvidables con semblantes y corrientes de mar, de río, de lluvia o de simple gota, e, invariablemente, varios de esos textos que la registran metafóricamente han triunfado de caducidades y de olvidos. El caso de las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique es, a este respecto, paradigma supremo de las letras castellanas. “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir,/ allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ y consumir./ Allí los ríos caudales,/ allí los otros, medianos,/ y más chicos,/ allegados son iguales,/ los que viven por sus manos/ y los ricos”.
II
Este breve exordio no es antojadizo cuando leo y releo el excelente poemario de Bernardo González Koppmann, talquino nacido en 1957, autor joven sin ser principiante, y ya reconocido entre quienes distinguen “la voces de los ecos”, como escribiera Antonio Machado.
En su calidad de maulino que se acepta y reconoce en su vinculación entrañable a esos paisajes de ánimas y de influjos de ríos que son venas, lindes, afluentes de memorias que, de por vida, levantan vaharadas, referencias, alientos en que descansan penurias o geografías de tierra adentro, el poeta que es Bernardo González escucha los recados acumulados en la noria perenne de cuanto identifica, sostiene y labra en la conciencia de quien se es, uncido a un entorno que, este libro de memorias, se encarga de hacer perdurables y traslúcidas en sus poemas.
Pero hay que recelar de toda apariencia de llaneza fácil en que pueda la lectura equivocarse. Las cosas, el pequeño paisaje que es un recodo, algún objeto desprevenido, o bien un sitio, la comida, los días del árbol familiar, las ausencias y los pájaros, verdaderas síntesis de lo que va y viene en la vida, para terminar de anidar en otro tiempo, no son fragmentos tan sólo de una memoria que, para ser poesía, se adelgaza hasta caber dentro de las sienes o de los estuches fulgurantes de estos poemas. Nada más lejano a la simpleza y a la obviedad. El empeño del poeta se despliega a favor de lo existente. Primero como presencia; luego, como transfiguración de ella para hurtarla a la muerte. “Sabrás Vida, que un día te me irás/ y yo aquí tratando de ganarte/ tratando de parar este tránsito/ o doblarle la nariz a lo que tiene que ser”, (“Réquiem”).
III
El tiempo, ese develante invisible que todo lo signa con pátina y resuello de melodía en sordina, es el agua que corre o riela o sirve de vocero a plenitudes y declinaciones. Su fluencia, un no se qué de sentir la expatriación de infancias, de paraísos que fueron después de todo presente o restituciones a que se inclina la voz de estos poemas, como quien arquea el alma para contar las huellas dejadas en la baraja del único mundo en que se sabe habitante imperecedero de lo que forcejea por quedarse, pues todo lo demás es materia que se lleva el río del tiempo. “Adónde podría ir/ sino al mismo picaporte/ que giro y giro cada mañana/ para sacar la bicicleta?/ Adónde con estas chalas viejas?/ A la leñera de la casa natal/ al almacén de la esquina a comprar pan/ a la gata parida?/ Adónde sino a unas matitas secas/ que esperan que las riegue?/ Qué sacaría con tomar el tren/ si después nadie me quitaría la nostalgia?/ En este otoño que regresa/ la niebla trae otra palabra”, (“Chalas”).
Poeta de ricas herencias literarias que el mismo se apresura a confiarnos en un prólogo que en nada le percuden esa su tonalidad inspirada en el reino de lo propio, esto es, en el mundo conocido y verdaderamente habitado por la voz que es arco y saeta de consuno, manos con que conocer la fisonomía del misterio encarnado en cercanía, lo cual hace posible el afecto, como también la afición a escucharse por dentro y a dejar que el agua fluya por la memoria en la renovación, esta vez perdurable, con que la poesía auténtica le ha hecho gracia de visitarlo, y este poeta, de hospedarla con tanta calidad y calidez.
Publicado en diario La Región de Talca. 23 abril 2000.