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Crítica
Aproximaciones a "Cantos del bastón"
Ricardo Opazo G.

Sobre mi escritorio reposa la obra antológica del poeta Bernardo González Koppmann “Cantos del bastón”, publicada recientemente por Editorial “Colección Hijos del Maule”, en marzo del año 2002 en Talca.

 

Aunque nacido en Talca en 1957, el autor más que talquino se considera maulino; y no deja de tener razón, pues al leer las páginas de esta antología observamos como el Maule profundo, la maulinidad, se va apoderando de todos los rincones poéticos que alcanzan sus palabras para expandirlo a otras lejanas latitudes.

 

Por cierto que una selección personal de poemas es un trabajo arduo, ya que se debe excluir algunos textos por criterios de absoluta objetividad literaria, además de tener que releer los escritos antiguos con nuevos ojos. Estos “Cantos del bastón” reflejan la asombrada visión del poeta de sí mismo y del entorno mediato, pasando, en su trayectoria, de un panteísmo ingenuo - violentado por la realidad - a un existencialismo que poco a poco es asumido en forma hedonista a través de la belleza que va encontrando en todo lo que le circunda, hasta concluir la travesía en una actitud de reposo contemplativo.

 

Al revisar con atención esta obra encontramos, en su primer apartado, “Sin conciencia ninguna” (1981) - ¿el título sugiere que sí se tiene conciencia al negar la afirmación? -, la búsqueda del hombre desarraigado, el cuestionamiento político y social, el amor y el desamor. “Se va tu nombre/ en la corteza” (1). El paisaje ya no es el mismo; de ahí este torbellino lacerante del desgarro lejos de la ternura. Se ha ido en la corteza una etapa; el viento bota las bases de seguridad en las que creía estar asentado. También debemos tener en cuenta la contradicción religiosa que intuye el poeta; por un lado cree en la tierra prometida, en la Iglesia mística preocupada por los derechos humanos, pero por otra parte observa a la curia que se protege conviviendo con dictadores. ¿Cómo entender, entonces, este mundo asqueante donde “en los banquete liban los tiranos/ sobre el cáliz parroquial”? (2).

 

Es un universo poético donde actúan referentes literarios, confesionales, políticos y sociales en ardua confrontación con el statu quo: Miguel Hernández, Víctor Jara, Ana Frank, Miguel Angel Bounarrotti, Picasso, Domingo Gómez Rojas, Manuel Larraín, su primer amor y campesinos de la cordillera costera, todo expresado en un lenguaje barroco - a veces epigramático -: “El humo fértil de liturgia agreste/ bala silente en ritual signo” (3).

 

En “Poemas simples” (1984) hay un acercamiento más directo a su vocación de poeta lárico; encontramos influencias tenues de Santelices y Barquero; sin embargo, San Francisco lo cautiva. ¿Será la búsqueda de una inocencia que ya no recuperará sino en la poesía? “Pobrecillo murmura preces sacras/ con un pan abierto en cada estigma” (4). Es la etapa del asombro desnudo ante el paisaje de Curepto, cuya soledad profundiza su espíritu de contemplación; lo seduce el paraje costino y escribe entre cerros de rulo y un cielo prístino, donde hombres sin historias oficiales guardan la verdad en sus pupilas. La dictadura se enquista: “Los pájaros cobijarán heridas/ y sangre ausente será flor y semilla” (5).

 

Observamos un eterno retorno a su niñez; el campo es la estación anhelada; la madre (¿la tierra?) al fin y al cabo será el refugio de interrogantes no resueltas y de ternuras desbordadas. Así, adentrándose en ella, la palabra será la herramienta con la que descubra y funde su universo: “¿Las bestias, madre, esas mansas bestias/ son las sencillas palabras que percibo” (6).

 

Indudablemente que su trabajo como profesor en un pueblo de belleza diáfana, como Curepto, lo hiere gravemente de poesía al punto de facultarlo para captar hasta la esencia del silencio eterno del lar. “En este pueblo que surge de la niebla/ cuando alguien muere se nota demasiado” (7).

 

Es la poesía que se levanta desde los mínimos gestos. Así, amor y poesía son un armonioso transcurrir en el intento de atrapar la gracia femenina, sin importar la formalidad, logrando transformar el paisaje rústico y seco en resplandecientes contornos: “Entonces mi muchacha es pura/ no es virgen, mas bien es puta/ y por eso la amo, por su lejanía/ cuando está conmigo” (8).

 

Los “Poemas de la contemplación” (1985) no son más que la prolongación de los textos anteriores, pero con el vuelo de un hombre que mira desde lo alto el paisaje geográfico y humano de Curepto. Son poemas nacidos al amparo de largas horas de ocio con colegas y amigos en algún pequeño bar pueblerino, en el cual descubre nuevas sensaciones intelectuales, en espera del anhelado día de pago para poder volver por un fin de semana a deambular como un extraño en su ciudad natal. Toda ciudad es un lugar de exilio para este poeta.

 

Es la etapa del romanticismo militante, del descubrir a la mujer en todas sus dimensiones y confrontarla con los modos culturales imperantes: “Los hombres bruscos/ cómo amarán a la mujer?/ Cómo podrán hebra a hebra/ desenredar una cabellera/ cómo se verán en las pupilas de la amada” (9); para sentenciar convencido “Los hombres bruscos/ se miran al espejo para huir del amor”. Luego, y con la misma hondura, reposa en una leve sonrisa que, en realidad, es la campesina que ilumina permanentemente su vida y su obra; es la poesía del hombre encandilado con la lentitud de las horas, con la certeza de descubrir sin prisa universos ocultos en cada rostro y vereda de su pueblo: “El cuerpo dejas/ temblando en la ventana.../ (Los pájaros suspiran cuando pasas)” (10).

 

En “Poemas transparentes” (1987) sigue ahondando esa valoración de lo cotidiano; hallamos sedimentos de una lectura más entrañable de poetas regionales como Rafide, pero también universales como Rilke y Ungaretti. Comienza un proceso de afinamiento de imágenes, especialmente visuales, las cuales forman un espectáculo donde el verso dialoga con la intimidad del universo. “El puño aprieta el remo/ por el puro placer de navegar// Piso tierra/ y el agua toca el sol” (11).

 

Aquí vemos como el hombre se integra a esta conversación cósmica, donde el río es un ágil mensajero. Pero el trabajar con los elementos primarios como el fuego, el aire, la tierra y el agua no se adscribe sólo a este pasaje de la antología; mas bien la atraviesa transversalmente, pues el poeta cumple la misión de todo hombre medianamente cuerdo: ordenar o desorganizar el entorno natural que se supone creado perfectamente, en consonancia con sus necesidades vitales y espirituales. “En el patio/ entre muros viejos/ pleno/ como el sol/ un naranjo/ emerge de la niebla” (12).

 

Avanzando en esta construcción lírica aparece un notable poema dedicado a su padre, quien como maulino sencillo y bondadoso se desplaza invariablemente por la vida entre río, viñedos y guitarra sobre los rieles de un tren de trocha angosta, dejando honda huella en la vocación del poeta: “El tablero es un castillo/ donde los hombres combaten con sus sombras” (13). Leamos estos versos para reafirmar la aseveración anterior: “y si abrimos la puerta/ sabemos bien que el padre/ viene con la voz húmeda/ por la niebla del alba” (14). Indudablemente este poeta es criatura de la tierra y la nostalgia, por una convivencia que se va desmoronando en el paisaje de aldea pequeña que aún habita en su memoria lírica para hacerla pletórica, universal, fuente recurrente de imágenes inagotables. Experiencia, por supuesto, no exenta de dolor.

 

En los epigramas de “Barrio cívico” (1988) la ciudad se torna lacerante: “Ebrio/ me miro en el espejo/ y veo una estúpida sonrisa/ que se burla de mí” (15). El campo de los sueños es traspasado por la residencia en la urbe; el poeta deberá redescubrir la cultura citadina, pero aquí encontrará sólo desencanto, individuos deshumanizados, desarraigo; la campesina silvestre y graciosa dará paso a una forma híbrida que “se pone su trapito/ sale a escena/ y si la aplauden/ es hermosa” (16). Indudablemente el mundo ha cambiado; la gente es más superficial, todo se compra y se vende en un materialismo vulgar; el país sigue gobernado por el grotesco general, y, en ese contexto, se produce la visita papal: “El Papa en La Moneda/ conversa con el Dictador/ pero el Dictador no sabe/ que a La Moneda/ si no entra el pueblo/ no entra Dios” (17). Esta utilización que hace el poder de la fe cándida de los católicos de Chile molesta al poeta que aún concibe la Iglesia como San Francisco de Asís, humilde y al servicio de los pobres. Así, este “Barrio cívico” viene a ser la denuncia en plena dictadura de un sistema cruel y déspota, en franca dicotomía con el alma de un ser acongojado sobreviviente de otro tiempo y de otra manera de vivir las cosas, que busca resolver sus enormes paradojas en un mundo conformado por ángeles con alas rotas.

 

En “Nuevamente los pájaros acuden a rescatar mi soledad” (1990) el poeta ya resignado a vivir sobre el asfalto, vuelve a retratar su entorno pero con la visión diáfana del herido por la belleza agreste, con sus maceradas imágenes, con su fraternidad y mansedumbre, e, incluso, con la contradicción de sobrevivir en la ciudad que por esos días se presentaba fría e indiferente. Está solo, mas los golpeados por las circunstancias trágicas del país son hermanos suyos, y canta: “Yo quisiera un país/ parecido a ti/ donde la paz no sea un crimen” (18).

 

La soledad es el motivo predominante de esta obra; cruza el poemario como una sombra existencial. “No sé si está contenta/ no sé si está cansada/ esta mujer desnuda que se traga mi alma/ sin haber pronunciado una palabra/ Sólo el ángel sabrá/ que vino a visitarla el amor al café” (19). Al igual que Ernesto Cardenal, desamparada Marilyn, desamparado el poeta.

 

Como un hecho muy importante para su poesía más decantada mencionemos que Talca, ciudad donde vuelve a residir el autor, conserva profundas raíces rurales, y esta impronta es rescatada para reconstruir en los rincones un refugio de pájaros: “Los treiles anuncian en el patio/ visitas que se fueron” (20). Esta etapa representa el redescubrimiento de lo antiguo; vuelve González Bastías (¿o nunca lo ha abandonado?), los boleros, los objetos cotidianos de una casa habitada por seres humanizados y su opción se hace ya concientemente definitiva hacia una ruralidad con rasgos citadinos, provincianos, pueblerinos casi. Es el retorno al hogar materno: “Mi madre anda sobre los charcos por el patio” (21). Aquí su madre late en las cosas del diario vivir, iluminándolas, denotando la impronta del brazo que nos protege desde la infancia con firmeza de piedra, pero con ternuras de cuna. Sí; estos poemas son hijos de la soledad, pero un entorno afectivo actúa como espíritu protector contra las agresiones externas que dañan su alma, y, de esta manera, hasta los tarros se humanizan: “Un tarro guarda, incluso/ el polvo de los sueños“ (22) El fútbol es otra de las pasiones de nuestro poeta, y se hace parte de las aventuras de su equipo reflejándolo en un sentido homenaje a ese arquero ya retirado que llenó tardes inolvidables de su niñez: “Cuando la redonda anda cerca/ sabemos que Arturito/ será el ángel perfecto/ que inventará la paz” (23). En esta época Jorge Teillier, Constantino Kavafis, Li Po, Ezra Pound y la poesía social española despiertan en el poeta una gran devoción.

 

Otra variante de esta contumaz soledad es la muerte; el hablante la experimenta en seres queridos, pero también se conduele con la naturaleza al encontrar el esqueleto seco de una gaviota en la arena: “Y sólo el viento pasa/ dándome el pésame” (24). En nuestra modesta opinión, la muerte es la infancia añorada que se marchó a la tumba con su abuelo, con Miguel Enríquez y con sus sueños inconclusos: “Caballos galopan por la mesa del comedor/ con mi soledad al anca” (25). En el poema final de este libro en comento se atreve - enhorabuena - a dejar un encargo a la única mujer que ha logrado entenderlo y darse entera a él, la poesía; aunque ésta a veces lo regañe por sus obstinados celos y caprichos: “Dile que me alejé a las montañas/ y allá vivo en el canto de los pájaros” (26). De esta manera le declara su amor a la mujer más hermosa de la tierra; ella acepta encantada a este poeta y lo acompaña en su tenaz búsqueda de la eternidad, esa esquiva fulguración que aún pervive en los lugares más humildes e insospechados.

 

En “Remos” (1995) y “Teatinas” (1998) encontramos una poesía breve de gran intensidad, donde elabora pequeñas artesanías con los elementos más ínfimos del paisaje ancestral. Raimundo Kupareo y Gastón Bachelard son el soporte teórico de esta intención de poetizar, ya cultivada con mucho acierto en la región del Maule por Matías Rafide y Enrique Villablanca, amigo, este último, que lo acompañará en su formación literaria sugiriéndole nuevas y valiosas lecturas que vendrían a consolidar su vuelo poético; especialmente provechosas serían las conversaciones que mantuvo con este crítico y poeta, recientemente fallecido, en torno de las propuestas estéticas de Carlos Bousoño.

 

En “Blues” (1998) continúa con la palabra sugerente, mordaz y epigramática ya esbozada en “Barrio cívico”, donde no elude ningún tema por muy prosaico que parezca: “Un hombre/ hace el amor/ con el pañuelo/ queda encinta/ y pare soledad” (27).

 

“Memorias del Agua” (1999) es uno de los libros fundamentales de Bernardo González. En él Walt Whitman va cobrando cierta presencia, al igual que se profundiza su afinidad con Jorge Teillier; otras de sus influencias de este período serán Saint John-Perse y la poesía mapuche, en las cuales encuentra respuestas telúricas a su quehacer poético. Aquí el Maule se desborda hacia otros universos; la poesía contenida en este poemario alcanza plena madurez lírica creando un estilo propio y una voz ya inconfundible en el concierto nacional, al decir de Fernando Quilodrán.

 

El tema de la niñez vinculada a la soledad y la relación recuerdo-entorno se acentúa. Pareciera que todo lo importante fuera efímero y que las cosas se van iluminando, paulatinamente, en la medida que el bardo fija su mirada trasparente y límpida en ellas, y ellas le conversan introspectivamente de sus ángeles y sus demonios. “Porque, al fin y al cabo, las cosas son del aire” (28). Esta poesía así se ubica en lo esencial, más allá del bien o el mal, en la inocencia original, en la inocencia perdida, restituyéndonos la fe en la hermosura del ser, al decir de Kierkegaard.

 

El silencio, el abandono y la muerte son otros de los elementos que están relacionados al motivo de la soledad y la finitud; pero son un silencio, un abandono y una muerte a lo maulino, con rostro moreno de intemperie. Las raíces se van perdiendo, “Están cayendo paltas y nadie las recoge” (29), por lo que urge rescatar olores de hierba, sabores de pan, fogatas, vino, corral, estrellas, sogas, baldes... Y el poeta, después de repasar los momentos de su vida, se queda con la hora más amada, “la hora cuando los pájaros se van” (30), aquella hora del crepúsculo donde lo acompaña su inseparable soledad. El mundo maulino en estos poemas adquiere un vuelo lírico pocas veces logrado en las letras regionales.

 

“Dedales de oro” (2001) entronca con las formas poéticas de trazo breve esbozadas en “Remos” y “Teatinas”, donde recrea la porfiada realidad con imágenes pulcras, cargando de significado polivalentes todos y cada uno de los rústicos objetos, seres y criaturas de su amado paraje costino. La influencia de la poesía nipona, especialmente del haikú, es más que evidente en este apartado.

 

En “Aprediz de pájaro”, inédito hasta la fecha de aparición de esta antología, y bastante desigual en su variedad de temáticas y formas, recoge impasible el motivo central de su propuesta estética, el ser habitando íntegro en la palabra poética, expresado ya en un tono hedonista, ya en tono comprometido, pero siempre austero y prolijo. Encontramos textos de distintas épocas existenciales del autor, homenajes, dedicatorias - como la elegía a Enrique Villablanca, cuya muerte en el año 2000 tanto conmovería su espíritu -, epigramas, alegorías, alegatos, cantos y canciones que abordan en un temple siempre sereno la descomposición del mundo urbano y moderno, proponiendo el sempiterno camino de la poesía para humanizar el diario vivir. Este aparatado íntegro gira alrededor de un verso embrionario: “Que la belleza te rescate” (31).

 

Es en este poemario donde por vez primera habla de sus hijos y de sus alumnos, apartándose de un sentimiento introspectivo de perenne infancia y adolescencia para asumir un rol de formador de gestos y sentimientos profundos, de poeta profesor, consciente del valor educativo de la palabra que denuncia y que acoge. A su pequeño Juanito le conversa: “Hijo, el cielo, cómo te explico/ es la sombra de un árbol/ o mejor dicho el árbol/ a orillas de un arroyo/ donde vienen a beber las ánimas” (32). Por otra parte, nos sorprende gratamente la lectura de varios poemas donde le canta al amor erótico; en ellos navega con seguridad y desenfado perdiéndose - ¿o encontrándose? - desinhibido entre las hojas de un curioso remanso: “Amo las mariposas que vuelan por tu frente/ aquí nadie nos cobra/ ni nos piden carné por mirar las estrellas” (33). Sin duda, este conjunto es un aporte a su obra, porque recoge asuntos novedosos y conflictivos con seguridad y desplante, denotando dominio absoluto de su oficio.

 

En “Cantos del bastón”, trabajo también inédito, la mirada se torna hacia la montaña. Así completa el viaje poético que realiza por su entrañable región maucha - desde los parajes costinos, la ciudad ingrata y nostálgica, Talca, hasta toparnos con esta ascensión de su poesía hacia las cumbres andinas atravesando acantilados, cascadas, termas, pircas, escoriales -, con un desenlace ya esperado por ese temple de ánimo consuetudinario en nuestro autor: “En silencio comprendemos/ que estamos solos/ a merced del viento” (34). Al fin y al cabo la vida es un eterno regreso al lugar añorado, donde nuestra inocencia se refleja en un paisaje que nos desborda. Para Bernardo González el hombre sabio es aquel vagabundo que regresa a su pueblo natal “y buscando las costumbres de sus antepasados/ encuentra el paraíso perdido” (35).

 

En este último libro encontramos lo mejor de la poesía maulina; cantos de adobes, gestos de torcazas, frutos macerados bajo la niebla espesa, puelches cargados de mitos y leyendas, y un largo mutismo de piedra entre verso y verso para que meditemos en las infinitas manifestaciones de hermosura que el autor nos descubre en sus notables hallazgos montañeros.

 

Leamos, entonces, al poeta que algún día escribió “como quién habla a un pájaro en su árbol” (36) con la sencilla emoción de estar frente a una palabra poética entrañablemente humana en nuestra región, en nuestro país, en nuestra lengua. Aire, sólo aire, que de tarde en tarde nos trae aromas de un nombre de mujer: Poesía 

 

   

 

Notas:

 

1.  Un árbol, pág. 7.

2.   Los tiranos, pág. 9.

3.   El cabrero, pág. 16.

4.  Sol azul, pág. 17.

5.   Neltume, pág. 18.

6.  Los pinos, madre... pág. 19.

7.   Funeral en Curepto, pág. 26.

8.   Pelusita, pág. 27.

9.    Los bacanes, pág. 31.

10.Retrato de muchacha, pág. 32.

11.Horizonte de agua, pág. 33.

12.Naranjo, pág. 33.

13.Ajedrez, pág. 34.

14.Ruidos conocidos, pág. 35.

15.Pub, pág. 40.

16.Miss Tralca, pág. 42.

17.La Moneda, pág. 42.

18.Jécar Neghme, pág. 50.

19.Toples, pág. 51.

20.Bolero, pág. 43.

21.La lluvia de mi madre, pág. 45.

22.Tarros, pág. 46.

23.Rodenak, pág. 49.

24.Ultimo vuelo, pág. 52.

25.Para que la muerte sea hermosa, pág. 53.

26.Testamento, pág. 54.

27.Paja, pág. 68.

28.Poema para abrir una puerta, pág. 72.

29.Están cayendo paltas, pág. 75.

30.Cuando los pájaros se van, pág. 91.

31.Que la belleza te rescate, pág. 109.

32.El cielo es la sombra de un árbol, pág. 109.

33.Motel Galega, pág. 113.

34.Cerro Azul, pág. 118.

35.El hombre sabio, pág. 137.

36.Li Po conversa con el viento, pág. 133.

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 Referencia
Ricardo Opazo G..  "Aproximaciones a "Cantos del bastón"."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    4 de enero de 2006.
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