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Crónicas
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Crónicas

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"Sol de invierno", antología poética de Sergio Hernández
Bernardo González Koppmann

“En mi árbol de hojas desoladas

 acumula el crepúsculo

sus últimos pájaros”

(S. H.)

 

En el mundo postmoderno y neoliberal que nos ha tocado por desventura padecer, donde las cosas son más valoradas que las personas, donde los sentimientos más nobles de arraigo telúrico y social son barridos por paradigmas prácticos de enajenante productividad, donde la fe en las utopías del ser humano se han transformado en perfectamente desechables, leer a un poeta genuino, verdadero, honesto y cálido como Sergio Hernández es un privilegio que Ediciones Universidad del Bío - Bío, de Concepción, han estimado muy necesario proporcionar al público lector de nuestro país, como una forma de sensibilizar, humanizar y dignificar la convivencia cotidiana, los gestos o las manifestaciones fraternales de un pueblo civilizado - creativo y generoso - tan despreciado y ofendido por acontecimientos históricos recientes.

 

Sergio Hernández es un enorme poeta chileno de la generación del 50, generación que, entre otros, conforman Efraín Barquero, Enrique Lihn, Jorge Teillier y Miguel Arteche. De tono íntimo, esencial, menor - en el sentido lírico de la palabra -, siempre entrañable, en sus poemas confirma esa sentencia popular que reza “Las cosas importante se dicen en voz baja”. Intrínsecamente provinciano, esencialmente chillanejo.

 

Nacido en 1931, se recibe de Profesor de Estado en Castellano en el antiguo y querido Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile; luego realiza estudios de postítulo en el Instituto de Cultura Hispánica y en la Universidad Central de Madrid. Además, es miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua, de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios y socio activo de la Sociedad de Escritores de Chile. Actualmente es profesor titular en la Universidad del Bío Bío, en Chillán.

 

Su producción literaria se recoge en los siguientes libros: “Cantos de pan” (1959), “Registro” (1965), -por este poemario y por su quehacer cultural en la provincia se le otorgó en 1968 el Premio Municipal de Arte en Chillán-, “Ultimas señales” (1979) y “Adivinanzas” (1998). Además escribió una notable autobiografía, "¿Quién es quién en las letras chilenas?”, para Editorial Nascimento en 1981. Posteriormente, en 1993, Ediciones Casa de Chile en México publicó “Quebrantos y Testimonios”, pequeña muestra de sus mejores poemas. Y por último, aparece en el año 2002 esta impecable antología, completísima, titulada “Sol de invierno”, preparada por el propio autor y editada por la Universidad del Bío Bío en Concepción.

 

“Sol de invierno” es un libro prolijamente diagramado. Consta de 120 páginas claramente demarcadas en ocho apartados, los cuales vienen a ordenar por temas y motivos el contenido del libro. Este se inicia con un visionario prólogo de  Hernán Lavín Cerda titulado “La catarsis poética de Sergio Hernández”; de él extraemos esta bella sentencia: “En sus instantes de mayor lucidez., Sergio Hernández se aproxima al misterio: lo roza con un soplo, y el soplo es como las alas de un colibrí que nunca dejarán de palpitar”.

 

Enseguida, continuando con el ordenamiento del libro, se entrelazan con un acertado criterio selectivo los siguientes capítulos: “Incómoda manera”, “Acuario”, “Adivinanzas”, “Pensando” y “Otros harán”, que en su conjunto congrega 67 poemas. Luego, en la sección titulada precisamente “Sergio Hernández”, encontramos una cronología personal del autor y algunos juicios críticos a su poesía, donde se dan cita connotados hombres de letras de Chile, tales como Alone, Benjamín Subercaseaux, Pablo Neruda, Andrés Sabella, Ignacio Valente, Fernando Quilodrán, Jaime Valdivieso, Mario Rodríguez, Jorge Teillier y otros, quienes comentan en forma siempre laudatoria al entrañable poeta y maestro.

 

Su obra es breve en extensión, pero riquísima en hondura, ritmo y emoción; sus textos están escritos con tal sabiduría que le bastan dos o tres versos para capturar al lector desprevenido y hacerlo cómplice de una belleza que demorará toda la vida en abandonarnos. Y aún más. ¿Cómo poder olvidar, por ejemplo, la cadencia, profundidad y emoción de este poema?: “En mi árbol de hojas desoladas/ acumula el crepúsculo/ sus últimos pájaros./ Casi está aquí la noche,/ ella regresa siempre,/ pero tal vez tú nunca vuelvas./ Dispersos por el mundo,/ no volveremos a encontrarnos/ y a quién preguntar por ti/ si conocí mejor tus ojos/ que tu nombre;/ si hablaron más tus labios/ que tus propias palabras./ Tu recuerdo es tan vivo/ que casi no me haces falta”.

 

En esta escritura se oyen ecos de voces lejanas y recientes; andan por sus pliegues lingüísticos los españoles clásicos del siglo de oro, la generación del 98 y más tarde los poetas del 27. Hay reminiscencias de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Miguel Hernández, de quienes hereda la musicalidad del decir popular decantado en la memoria del pueblo, especialmente andaluz. Pero, también recoge su acento lo mejor de la poesía chilena; Parra, más que Neruda, como sombra tutelar del Chillán Viejo; sus láricos compañeros de época, e, incluso, se vislumbra en esta poesía una notable afinidad con los poetas del verso breve de la generación del 60, como Quezada, Pérez, Omar Lara y, de más lejos, Armando Uribe Arce.

 

De los creadores universales, la poética de Hernández toma el desencanto de los existencialistas europeos, principalmente de Rilke; pero, encuentra un referente muy válido en el poeta de Alejandría Constantino Kavafis, por temple, registro, motivos y lenguaje; el paralelo en algunos poemas es asombroso. Dejamos estas inquietudes planteadas para que los estudiosos de la literatura las resuelvan en debates académicos; a nosotros nos baste la cautivante sinceridad de su palabra.

 

Sergio Hernández, así, lentamente, ha construido su propio estilo con una voz inconfundible en el concierto poético nacional y se ha ganado el aprecio y la admiración de varias generaciones de lectores. Esta antología hace justicia a una poesía que resistirá los embates del tiempo y el olvido.

 

 

SELECIÓN POEMAS

(Por Ivo Maldonado)

 

 

En mi árbol…

 

En mi árbol de hojas desoladas

acumula el crepúsculo

sus últimos pájaros.

Casi está aquí la noche,

ella regresa siempre

pero tal vez tu nunca vuelvas.

 

Dispersos por el mundo,

no volveremos a encontrarnos

y a quién preguntar por ti

si conocí mejor tus ojos

que tu nombre;

si hablaron más tus labios

que tus propias palabras.

 

Tu recuerdo es tan vivo

que casi no me haces falta.

 

Sólo en este contacto 

Sólo en este contacto nos unimos

en esta mordedura nos queremos

ardemos juntos como un pequeño infierno

descubrimos el mundo en este rato

y no queremos morir

o desearíamos morir

siempre que el paraíso pudiera ser este momento

qué desatado furor de carne y fuego

fugaz como el suicidio de una estrella

magnifico temblor

cósmica entrega

 

Vuelo 

Quien no se haya tendido

bajo un bosque de pinos

frente al mar

y entregado a la tierra

jamás sabrá nada de sí mismo

ni dónde está

y errado serán sus pasos

por bares y tabernas

porque nunca verá el sigiloso tránsito

de las constelaciones

que se desplazan fulgurantes

por los cielos altísimos

yo estoy ahora

bajo un bosque de pinos

junto al mar

como todo es Dios

yo soy Dios

y esta noche gobierno las galaxias

tendido y acodado

en una de los polos de la pequeña tierra

deslumbrante es el bellísimo paisaje de los universos

ahora los pinos han dejado de rezar

y entonan solemnes cantos gregorianos

yo estoy en Dichato (Chile)

 

 

Moscas

 

Las moscas juegan ajedrez

en el pobre mesón

parecieran no tener preocupación

alguna

ni grandes problemas metafísicos

pero siempre andan rondando

la muerte

y la miseria

como si Dios las hubiese creado

a nuestra imagen y semejanza

EÑOR...

 

Señor...

 

Señor
dime si existes
te pregunto en la noche
del desamparo y la amargura
mientras mis propios demonios
me clavan
a esta cruz invisible
con los horribles martillos
de la culpa

 

 

Imagen

 

En mi estanque interior,
tu imagen no se borra.
Tu propio viento a veces,
riza el agua
y son también hojas tuyas
las que caen,
pero tus ojos no se deforman.
Es posible que ya nada suceda
entre nosotros.

Ahora, la tarde entera
es el estanque,
huye una gaviota
hacia otros mares
y es tu sonrisa
la que parte
y es tu mirada
la que parte,
pero tus ojos nunca se deforman.

 

 

Cuento

 

La brisa vespertina
viene acariciando los ciruelos
tenue
imperceptible
muda
hace llover pétalos lentos
las graves palmeras son columnas
con capiteles de abanico
catedrales inconclusas
sin incienso
sin monjes
y sin ritos
me he puesto triste
sin quererlo
para ahuyentar el llanto
les contaré a los pájaros un cuento
yo quise ser un día un tallo largo
muy robusto
y muy alto
adherido a mi tronco
hubiera ascendido al mundo
hasta los astros
quise ser el árbol más grande
de la tierra
florecido en otoño
en invierno
en estío
en primavera
tan alto habría sido
que por flores tendría
las estrellas
ahora estoy aquí
me observo
nada tengo
aquí termina
el cuento
desde todos los puntos
han corrido hacia mí
todas las penas
se me desploma el pensamiento
bajo la tierra
irremediablemente triturado
soy una débil raíz
hecha de nervio

 

 

El canceroso

 

El canceroso
aunque con algunos dolores
disfrutaba de sus últimos días
una inyección por la mañana
dos o tres por la tarde
algunos amigos
con sus rostros especialmente acomodados a las
circunstancias
irrumpían en su habitación
se conversaba del tiempo
de los increíbles progresos de la ciencia médica
de lo mejorado que estaba el semblante del  paciente
de los proyectos de la reforma agraria
de los conflictos entre marxismo y capitalismo
de los últimos viajes espaciales
a lo que el canceroso respondía
con un discreto silencio
ya que él
a través de la ventana
observaba un ciruelo florido

 

 

Acuario

 

Mi infancia es un acuario inaccesible
un ebrio país de trompos y palomas
al que es preciso llegar con traje blanco
en una mañana azul
de sol volcado
yo no daría ya con los caminos
pero recuerdo algunas cosas
bandas de circo
en tardes de novena
noches de riñas y cansancios
dando conmigo en un desfondado sueño
sin contorno
cuando pasaba el regimiento
abandonaba mis juguetes rotos
y era mi corazón
todo mi cuerpo
después
vino la bruma en espirales
un día
mi madre y los guijarros
dieron un seco ruido de infinito
el tiempo frente a mí empuñó las manos
Soltó pájaros negros en mis ojos
y un trozo de sol
cayó entre los labios
La tarde es un sollozo contenido
mi infancia
es un acuario

 

 

Documento psiquiátrico

 

Lloro por los días que perdí
y que pasaron esquinando mi vida
lloro por los días en que no anduve como otros
con las bellas muchachas
en las cálidas tardes de verano
lloro por el posible que pude ocasionar
a los que más quise
lloro por mis sublimes
por mis involuntarios
y urgentes y perentorios crímenes
lloro por el absurdo que ha significado toda mi ternura
lanzada a los cuatro puntos cardinales
y que no tuvo eco
y que se estrelló con el odio
y la mezquindad
y la ciega roca de las pobres gentes
a quienes sin embargo amo y perdono
lloro justamente por mi inconfortable ternura
celeste anzuelo
con el que también he recogido hermosas perlas}
adheridas al fondo del fango
y del abismo

 

 

Yo soy como las plantas

 

Yo soy como las plantas o los árboles
que nunca han sabido quienes son
y echan flores o espinas
o atrapan insectos
ellos están ahí simplemente
como yo en mi tierra
y no les interesa ser astronautas
ni andar apretujados en los metros
o en los autobuses de las grandes urbes
por las noches
albergan a los pájaros
o contemplan humildes el universo
recibiendo amorosamente el rocío de la madrugada
cuando mueren regresan al vientre materno
para nacer de nuevo
en cualquier forma
es bueno ser planta o árbol
porque de ellos será el reino de los cielos

 

 

No hay nada que agregar

 

No hay nada que agregar
amigos míos
una nube
a otra nube
hacen la lluvia
una lágrima
a
otra lágrima
hacen el llanto
un pobre a otro pobre
hacen el pueblo
mi casa
mi familia
la intemperie

 

Vivimos los días

 

Vivimos los días de Ana Frank
el índice es una cruz
entre los labios
Caminar en puntillas
musitar las palabras
no encender las luces
dormitar si se puede
tender el oído hacia la noche
agujereada de disparos

 

 

Soy sólo profesor

 

Soy sólo profesor
poseo un traje gris
y una corbata;
no puedo tener novia
ni automóvil
ni casa.

Engaño en mi función
en forma refinada
hablo del bello mundo
y de la patria,
reviso mil cuadernos por segundo,
yo paso mi programa,
le limpio la nariz a mis alumnos
aunque nadie me paga.

Las gentes ignorantes
me escupen en la cara,
me pisan en las micros,
me denigran, me ultrajan.

Mas, viendo yo a los niños,
alumbra la mañana,
retórnanse a su sitio mis sentidos
sumérjome en mi acuario conocido.

 

 

Está bien

 

Está bien
está bien
todo está bien
sólo que el hambre mata niños
y en la oscura humedad
crecen los muertos
y sin embargo está bien todo
y es grato haber llorado entre cipreses
embriagarse de tiempo
refrescar con amigos y cerveza
las blancas noches de verano
anclar el corazón en algún puerto
incorporar un poco de sol
al alma que habitamos
entretejer de amor
las noches y los días
y sobre todo pensar
que aún pertenecemos
a esta pequeña parte de la muerte

que hemos llamamos vida

 

 

Me persigue Chillán

 

Me persigue Chillán
por todas partes,
remecida uva sol;
plácida plaza
viene conmigo desde siempre
arsenal de la patria.

Chillán es lo que tengo
y eso es bastante.
Para tan grande sed
que ando trayendo
no hay otro cántaro que valga;
para tanto cansancio acumulado
no hay otra almohada.
Chillán fue mi principio,
fue mi mañana;
lámpara verdadera
nunca se apaga.

 

 

Lluvia

 

¿Quién canta detrás de los cristales?

Nadie canta detrás de los cristales

Sólo la lluvia cae entre las tumbas

y los muertos

lejos de despertar

parecieran dormir

a velocidades increíbles

 

 

Sacad de este árbol

 

Sacad de este árbol

caído

todas las ramas

todas las hojas

Y si ha dado alguna flor

también sacadla

 

 

Gentes...

 

Gentes del mundo

enorme y ciega tribu

de gitanos en fuga

desarticulado archipiélago

donde el dolor aterriza

y las alegrías se remontan

es preciso que unamos nuestras islas

aunque sea con un mar

creado por nuestro propio llanto

 

 

Último deseo

 

Antes de dejar de respirar

antes de retirarme definitivamente de este juego

no pongan ni siquiera un Cristo entre mis manos

Pon tu sonrisa y tu mirada

y que eso sea el paraíso

 

 

Es tan profundo

 

Es tan profundo el sueño de la muerte

que ni clavos ardiendo

ni pétalos de nieve

pueden ya despertarlo

 

Es tan azul el sueño de la muerte

que ni mares ni cielos

se pueden comparar a esa oquedad celeste

 

Es tan plácido el sueño de la muerte

que ni un niño dormido

se iguala en su quietud

en su ausente sosiego

a esa implacable ausencia

a ese sueño morado

a ese silencio largo

al más definitivo de todos los silencios






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 Referencia
Bernardo González Koppmann.  ""Sol de invierno", antología poética de Sergio Hernández."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   17 de enero de 2006.
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