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La poética esencial de Ramón Riquelme

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La poética esencial de Ramón Riquelme
Bernardo González Koppmann

“Vuelves a leer esos diarios antiguos
para saber dónde está la mentira”

(R. R.)

 

Conocí a Ramón Riquelme en el Segundo Congreso Binacional de Escritores en Pucón, en diciembre del 2003, y la impresión inmediata que me deparó su rústica personalidad fue la certeza de estar en presencia de una semilla que guardara esperanzas de vida nueva en su interior. Algún día será flor y fruto macerado, me dije, en las retinas del lector anónimo que todos llevamos alma adentro. Y no me equivoqué.

 

Ramón Riquelme nace en Concepción, en 1933, iniciando su trabajo poético en 1965, cuando se publican sus primeros textos. De formación autodidacta, desarrolla una intensa actividad cultural - política y humana - en su ciudad de origen. Sin embargo, lo encontramos a mediados de los años setenta en Quinchamalí dispuesto a reedificar un mundo fracturado por la dictadura militar, régimen frente al cual Ramón, como hombre libre de espíritu y acción, resultaba ser una amenaza sólo por el hecho de pensar distinto. Por su condición de poeta simpatizante de las causas populares sufre la cárcel y la tortura, mas no reniega ni renuncia jamás a la belleza.

 

Su residencia en Quinchamalí, aldea alfarera distante 30 kilómetros al poniente de Chillán, se materializa en la quinta “El pensamiento”, junto a Tuly Ulloa, su compañera de toda la vida recientemente fallecida (2005), rodeados del trabajo de la tierra - la greda y las plantas -. Allí recibe regularmente a sus amigos de todo el país, quienes buscan el diálogo y la palabra justa, certera, viva. Sus viajes a Chillán son programados de acuerdo a una lógica comunicacional que sólo entienden sus más cercanos. Entrega notas críticas al diario La Discusión, visita la Librería Universitaria, el Café Europa y ojea revistas y suplementos literarios, afán que tanto agrada a sus pupilas siempre abiertas al asombro.

 

Sobre su personalidad poética diremos escuetamente (como sus poemas) que es silencioso y profundo; es decir, verdadero. Tiene la madera de un Jorge Teillier, de un Miguel Hernández, de un Jorge González Bastías (el lárico maulino) y de muchos que rehuyen de esa bolina, de ese ruido contaminante que distorsiona la percepción esencial hasta anularla y, así, lejos ya de todo encantamiento, no podemos asir la esquiva belleza. Cuando no estamos atentos, el matiz revelador se nos escapa como la luz entre los dedos porque no hemos entendido que la poesía es un fugaz resplandor para siempre y no ese saco de vanidad, esa mochila horrible de souvenires, diplomas, dimes y diretes que nos impide soñar y ser mejores.

 

Ramón Riquelme así se ha convertido en el paradigma del poeta que debemos rescatar para las nuevas promociones de escritores. Lector incansable, retirado, en contacto directo con la naturaleza; no como turista depredador sino como creador artesanal de huertas, jardines, cerámicas y, en especial, de una obra poética que estimamos de gran valor. Urge mantener, preservar y difundir una literatura de esta estirpe.

 

A modo de ilustración leamos el poema “Vejez”: “Se te olvida todo: el dinero,/ las fechas de aniversario,/ poner la bandera frente de tu casa;/ pero, no se te olvida besarle/ los frutos a esa niña/ que te trae las empanadas/ para el almuerzo”. Este es el modo simple y profundo, es decir sabio, de poetizar de Riquelme. Palabra dicha en la levedad más absoluta y sustantiva. Trazo breve, pero definitivo; hallazgos inusitados que conmueven porque van directo a la memoria emotiva del hombre sencillo de su pueblo y se quedan ahí buceando alguna correspondencia que decante en afecto, gratitud o compromiso. Creo que pertenece a la generación del 50 en Chile, donde destacan Lihn, Barquero, Teillier, su amigo Sergio Hernández, Rolando Cárdenas, Arteche, Rosa Cruchaga y otros. Poesía que asume el gesto fraterno; que hurga en el paisaje interno; cercana de Parra y Rojas, síntesis y renovación de las letras a partir del ser humano y su cotidiana manera de amar y ser amado. También, por similitud de estilo, podríamos enlazarlo a las mejores cualidades de la generación del 60 (Hahn, Millán o Waldo Rojas) y su caballito de batalla: el poema breve.

 

Recomendamos leer y degustar la poesía de Ramón Riquelme a la sombra de cualquier árbol, solos o acompañados acaso por grillos o treiles, acaso por el lucero y su soledad. Así caerán sus palabras a nuestro subconsciente lírico como las piedritas que alguna vez tiramos al río del silencio y sus ondas se fueron prolongando de tumbo en tumbo hasta rozar nuestra asombrada humanidad






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 Referencia
Bernardo González Koppmann.  "La poética esencial de Ramón Riquelme."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas de América.   18 de enero de 2006.
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