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La poesía intransigente de Enrique Villablanca

Ensayos

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La poesía intransigente de Enrique Villablanca
Bernardo González Koppmann

                                                                                          

“Giran borrachos sueños en estúpidos cristales”

(E. V.)

  

 
 
I.- Reseña biográfica

 

 

           Enrique Villablanca nació en Concepción el 15 de septiembre de 1939, trasladándose a Talca cuando recién se empinaba en los cuatro años edad.

 

           Tuvo una triste y dramática pubertad y adolescencia debido a varias circunstancias íntimas y sociales que marcarían profundamente su existencia. Entre una de las causas determinantes en la configuración de una personalidad poética mordaz, ecléctica y lúcida podríamos mencionar, entre otras, el alcoholismo y muerte trágica de su padre, atropellado por un tren en el paso ferroviario prohibido de la 5 Sur en Talca. Por este hecho abandona su enseñanza media diurna por un lapso de cinco años (1953 – 1958) para entrar a trabajar como dependiente en el tradicional Almacén Retamal de nuestra ciudad; asistiendo posteriormente (1958 – 1962) al Liceo de Hombres en la jornada nocturna. El poeta suspende su enseñanza cuando recién cumplía 15 años, porque debe asumir el rol de jefe de familia ante la ausencia de recursos en el hogar.

 

           También deberíamos mencionar como factores que gatillan en su alma poética de vanguardia, la enfermedad congénita de dos de sus hermanos, quienes se mantuvieron postrados por más de 40 años en una implacable invalidez física. Enrique se rebelaba ante esta dolorosa situación, lo cual desembocaría en un escepticismo religioso, filosófico y político muy acentuado.

 

           En su paso por el Liceo conocería a Elcira Bravo, bibliotecaria del establecimiento y amante de la literatura y, especialmente, de sus cultores; mujer de alma noble que encontraría en Villablanca a un talento insospechado. Ingresa al círculo de escritores, pintores, actores y artistas de Talca, quienes se reunían en la desaparecida Casa del Arte de la calle Una Norte. En estas jornadas conoce a Matías Rafide, su dilecto amigo y compañero de ruta en sus primeros años de poeta.

 

           Entre los años 1962 y 1966 asiste a la Escuela Normal Rural de Talca, titulándose con mucho esfuerzo como Profesor General Básico. Su primera destinación como maestro sería la pequeña y entrañable escuelita de Flor del Llano. En 1967 emigra a Santiago, desde donde debe regresar por motivos de inseguridad personal debido al golpe militar fascista. Políticamente, Enrique tuvo una fugaz participación como ayudista del MIR, actividad que pronto abandonaría completamente por falta de vocación y, fundamentalmente, de tiempo. En Santiago se recibe de Profesor de Estado en Castellano y Licenciado en Educación Diferencial. En la metrópolis conoce la obra de grandes poetas como Teillier, Linh y Arteche, además de una basta cultura general que incluía lecturas de los más grandes escritores universales, entre los que figuran Kavafis, Saint John-Perse, Poud, Eliot, los beats, Cuassimodo, Ungaretti y en especial, Jorge Guillén, cuya poesía existencialista, hermética y metafísica influiría notoriamente en su primera etapa creativa. De este tiempo también deriva su interés por la crítica literaria, puesto que se hace lector empedernido de Gastón Bachelard, Raimundo Kupareo y Carlos Bousoño, teorías que aplicaría en los análisis de poesía como en la propia creación de sus textos.

 

           A su regreso a Talca ingresa a la Escuela Especial España, donde se desempeñaría hasta 1997, año en que debe jubilar debido a una invalidez provocada por un parkinson avanzado. Anteriormente, en 1988 había obtenido título de Orientador y Consejero Educacional por la Universidad del Norte. En 1992, por esa misma universidad, también se recibe de Magíster en Educación.

 

           Hacia fines de la década del 60` empieza una larga y fructífera amistad con Pedro Olmos, Emma Jauch y Manuel Francisco Mesa Seco. Durante los primeros años de la dictadura de Pinochet funda la Sociedad de Escritores del Centro en Talca, donde participarían Rafide, Mario Poblete, Alejandro Lavín, Joaquín Contreras, Fanny Ross y otros.

 

           En 1975 conoce a Ricardo Opazo y, posteriormente, en 1977 a este cronista, amigos y afines en poesía con quienes publica en 1995 el colectivo “La casa abandonada”, donde se incluye “Vacíos”, único poemario publicado por Enrique Villablanca en vida. Debo consignar que, además, dejó un segundo trabajo poético inédito, llamado “Escrito en el viento”, textos que me correspondió digitar por la invalidez que aquejaba a Enrique y que hoy por hoy están en poder de la familia.

 

           Como crítico literario tuvo una fructífera labor. En 1993 publicó, en colaboración con el autor de estas líneas, “Maulina”, antología poética de Emma Jauch y en 1995 “Antología Esencial”, recopilación de la obra de Manuel Francisco Mesa Seco, en colaboración con Naín Nómez; ambos textos fueron editados por la Universidad de Talca. Posteriormente, en forma póstuma, aparece su “Nueva Antología Poética del Maule”, en coautoría con Matías Rafide, publicada por Ediciones Mataquito de Curicó.

 

           A pesar de llevar una vida difícil y marcada por el infortunio, Villablanca siempre se sobrepuso a su mala estrella. A pesar de mantenerse rigurosamente inédito por más de 50 años, nunca abandonó el estudio de la literatura y la escritura poética. En sus últimos cinco años se empezarían a suceder los homenajes de su ciudad adoptiva, talvez profetizando un desenlace que nadie preveía fuera a ser tan prematuro, dado que el poeta apenas se empinaba en los 61 años de edad. En 1997 la Secretaría Regional Ministerial de Educación del Maule lo distingue como “Destacado Poeta y Profesor”; y en 1998 la Gobernación de Talca le otorga el “Premio Victoria”, concedido a la trayectoria del artista más destacado de la provincia.

 

           Jubila en 1997 por invalidez, falleciendo en Talca a las tres de la tarde del 4 de julio del 2001, después de una breve pero dolorosa agonía. Está enterrado en el Parque Las Rosas de la ciudad del trueno.

 

 

II.- Poética

 

           Enrique Villablanca publicó en el año 1995 su primer y único poemario “Vacíos”, en el colectivo “La casa abandonada”, en Talca, después de una feroz autocrítica que lo mantuvo inédito por más de medio siglo, fiel a su condición de fino e intransigente artesano de no publicar ni hacer concesiones respecto a una apreciación estética exigente y elitista, donde postula un arte para “la inmensa minoría” que degustara un verso pulcro, hermético, decantado, prolijo y responsable. Villablanca no cede ante el halago y la vanidad; sólo lo conmueve la belleza del justo tratamiento de la palabra poética y el compromiso de por vida del escritor frente a la hoja en blanco.

 

           Vive y muere por la poesía.

 

           Como crítico e investigador publicó tres textos notables, que van a perdurar en el tramado literario maulino como obras fundamentales: “Maulina”, antología poética de Emma Jauch (en colaboración con Bernardo González) y “Antología Esencial” de Manuel Francisco Mesa Seco (en colaboración con Naín Nómez) publicados en 1993 y 1995, respectivamente, por la Editorial Universidad de Talca es su Serie Identidad Regional. En el año 2001 da a luz su obra mayor: “Nueva Antología Poética del Maule” Cien Años de Poesía (en colaboración con Matías Rafide), a través de Ediciones Mataquito de Curicó. Inédito dejó al momento de su lamentable partida el poemario “Escrito en el Viento”.

 

           Respecto a su libro “Vacíos”, del que hoy hablaremos, comenzaré por hacer una mención al preciso epígrafe que lo encabeza, “Entre la flor que tomo y la que doy/ la inexpresable nada”, del poeta italiano Giuseppe Ungaretti. Este es el temple de ánimo que se respira en todos los textos; vale decir, la constatación de la existencia humana desde la dramática perspectiva de lo absurdo, el dolor, el escepticismo, la cosificación y la muerte, a lo cual nuestro autor genéricamente denomina la “nada”.

 

           Algunos títulos frecuentemente irónicos como “Ratas”, “S. A.”, “Bares”, “Ciegos”, “Borregos”, “S. O. S.”, reflejan esta postura. Veamos el siguiente poema “Sábado” para ilustrar cabalmente dicho carácter: “Deslizan apetencias sobre el vidrio/ y dentro está la presa exhibiéndose/ en lila, en verde, en impúdico amarillos.// Nubes de mujeres o masculino barullo/ acechan, regatean, atacan. Rumor de jungla o gula./ Y pasan velocísimos. Sábado de cacería”.

 

           Hojeando una y otra vez las prolijas artesanías de Enrique Villablanca, nos sorprenden dos o tres poemas que denotan un temple diferente - animoso, jovial, sensitivo - destacando nítidamente en este aspecto “Naturaleza viva” y “Baño matinal”, textos que, aunque escasísimos, vienen a dar el equilibrio necesario que requiere toda obra de arte para no saturarse de gris. El poeta entrega estas auténticas ventanas de luz con el objeto que el lector pueda contemplar su entorno humano, metafísico, sin referencias al paisaje circundante, casi incorpóreo, desde una perspectiva existencial cada vez más consciente del “vacío” que transita por inéditos laberintos. Quizá en el trayecto de peatón anónimo por un milenio en fuga respire un poco de aire limpio, contemple un pájaro o vislumbre un volcán nevado que le restituya su humanidad tan burdamente lacerada.

 

           Le basta un poco de luz para iluminar las tinieblas.

 

           Veamos ahora los recursos literarios que despliega el autor en la composición; o sea, su estilo. Son veinte poemas breves densamente estructurados en arquitecturas meticulosas y austeras que reflejan un modo simbólico de concebir vida y arte, donde cada vocablo cumple una función estética rigurosa. Sus figuras predilectas - y que utiliza con profundo conocimiento del idioma - son la fragmentación, la reiteración, el aximoron, la hipérbaton, la intertextualidad, la personificación, la hipérbole y especialmente el zoomorfismo, construyendo un lenguaje propio originalísimo, novedoso, sólido y exento de toda obviedad y estupidez.

 

           Al leer con detenimiento los “Vacíos” de Enrique Villablanca, donde cuesta encontrar poemas débiles, nos queda la impresión - después del zarandeo a que nos somete con su honestidad, franqueza y capacidad - que aún en este mundo esquizofrénico y baladí, seguimos siendo seres humanos.

 

           Falleció el 4 de julio del 2001, dejando entre sus amigos una sensación, precisamente, de hondo pesar y vacío que sin su enorme talento y cabal conocimiento de la poesía será muy difícil de llenar. 






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 Referencia
Bernardo González Koppmann.  "La poesía intransigente de Enrique Villablanca."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   10 de enero de 2006.
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