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Ensayos
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Identidad y poesía en la región del Maule
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La poesía intransigente de Enrique Villablanca
Valericio Leppe, cantor por sabiduría

Ensayos

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Jorge González Bastías, fundador de la maulinidad
Bernardo González Koppmann

"Los pueblos con historia fincan sus raíces nutricias en

el testimonio imperecedero de sus poetas"

(William Sand)

 

 I.-           Introducción

 

Hablar de Jorge González Bastías es tarea difícil porque el alma del poeta aún transita pletórica por Infiernillo y cualquier mención a su nombre le turba el ánimo, le incomoda, lo altera y desconcentra. Así, su esencia intangible sólo es palpable en el aire de la sierra que pasa musitando por el valle, en las espumas que la margen acuna, en el vuelo de los pájaros, en el grito lejano del pastor o en el chapotear de los lentísimos remos de la tarde violeta que se esfuma en los boscajes. Toda palabra queda estrecha para contener tanta emoción y sabiduría como la que encierran sus poemas y su vida.

 

Amó el río, su paisaje y sus costumbres por el arraigo que le impuso una fina sensibilidad de niño rural y por la experiencia directa que mantuvo imperturbable durante toda su vida con los motivos de su canto; esos largos trayectos en carreta o carricoche que hacía rumbo al mar o a Talca en época escolar, su tránsito adolescente por la ciudad, sus labores de reportero y escritor capitalino, un secreto recuerdo de mujer que aromaba sus pasos y, finalmente, la pobreza e injusticias en las tierras de rulo de las costas maulinas que redescubre a su regreso, imprimen en su alma y en su conciencia, sin duda, el sentido místico y, a la vez, realista que se conjugan con tanta naturalidad en su obra. De tal modo que, a pesar de los años y gracias a la palabra, perdurarán inconmovibles los asombros y los hallazgos poéticos que, desde su primera infancia hasta la contemplación última de haces luminosos, nos legara en esta escritura que hoy rescatamos.

 

Al proponernos estudiar esta poesía debemos considerar el contexto histórico y geográfico donde ella se plasma, Infiernillo. Este fundo fue adquirido en las postrimerías del siglo diecinueve por Francisco Bastías Letelier, abuelo materno del poeta, quien hizo fortuna navegando por el Maule en el traslado de mercaderías, frutas, madera, granos, charqui, cueros, vinos e, incluso, pasajeros desde los atracaderos o muelles fluviales interiores hasta Constitución, donde embarcaba los productos rumbo a otros puertos del litoral, especialmente a Valparaíso. Cuando la familia se radica en la heredad mencionada a comienzos de la década de 1910, estaba recién inaugurado el ferrocarril costero - a la sazón el poeta contaba ya con cerca de 30 años de edad -, lo que iría a transformar profundamente las costumbres de los costinos ribereños y, muy pronto, no se verían nunca más los faluchos surcando las aguas, ni los guanayes con sus cuernos anunciadores y ritos guturales, ni los birlochos, carretas y jamelgos atravesando la noche maulina con sus cargas humanas.

 

Esto fue lo que cantó el poeta. El derrumbe de un mundo mítico asimilado desde épocas coloniales, cuando los jesuitas construyeron los primeros astilleros de Nueva Bilbao; los recuerdos se trocan en leyenda y el dolor en verso marcado vitalmente por sus emotivas percepciones y por esa transitoria manera de pertenecer a un cosmos que se disuelve en la bruma de su río amado. Este idéntico drama - con nuevos bríos progresistas - lo volvimos a padecer los maulinos a mediado de los años 70, cuando pavimentan la ruta Talca-Constitución y una densa flota de buses y camiones madereros dejan prácticamente en desuso el tren del ramal modificando, en el breve lapso histórico de algunos lustros, nuevamente el hábitat, el ritmo de vida, los modos, la original incorporación de elementos del medio ambiente a sus formas de subsistencia, las manifestaciones culturales, en definitiva, del hombre y de la mujer que viven en la incertidumbre más absoluta a merced de los caprichos del ya consuetudinario modelo político-económico imperante. Así, por ejemplo, desaparecen del paisaje las venteras de tortillas, humitas y huevos duros, la estela de humo de las locomotoras, escuelas rurales, retenes, oficinas de correo, medieros que emigran ante la invasión del pino insigne y hasta los hermanos capuchinos que de tarde en tarde aparecían misionando por los rincones más insospechados.

 

He aquí un hecho singular que nos confirma a González Bastías en toda su grandeza como hombre y como poeta: fiel a su vida y a su poesía jamás escribió un solo verso al motivo del tren costero, paladín del progreso y la modernidad, pese a transitar las locomotoras y sus convoyes prácticamente durante 40 años por el patio de su casa, lo que viene a demostrar cuan hondo había calado el mundo pretérito en su memoria lírica. Ningún ser humano, por lo demás, podría modificar sustancialmente su existencia, en el escaso tiempo y espacio que venimos describiendo, sin renunciar a algo tan importante como lo es una visión o interpretación genuina del universo. ¿No es, acaso, similar la problemática de los pueblos originarios que reclaman por el respeto a sus culturas en el sur de nuestro territorio?

 

Para leer esta poesía, entonces, debemos despojarnos de la urgente contingencia moderna y reconocer desnudos, íntimamente, los sonidos, los aromas, los colores y las formas que emergen del ámbito del Maule transfigurados en los símbolos del río de las nieblas, de la travesía, del rescoldo, de la luz, de las flores del almendro, del lucero del alba, de la huerta, de las bestias y, por sobre todo, del sorprendente ser humano que configuran lo que hemos venido llamando maulinidad.

 

Para escuchar al poeta de las tierras pobres, primero hay que callar.

 

II.-       Reseña biográfica

 

Nace en Nirivilo el 16 de julio de l879; sus padres fueron Abdón González Rojas y Elinia Bastías Cáceres, siendo el quinto de nueve hermanos. Vive los primeros años en su pueblo natal, trasladándose luego a Talca para realizar sus estudios en una escuela primaria y en el entonces célebre Liceo de Hombres de dicha ciudad. “Suelos baldíos, sembríos escasos, viviendas hechos con el adobe burdo de la colonia, calles terrosas por donde transitan en sus caballejos huasos sucios y mal vestidos -seres elementales que viven apegados a los cerros como el roble y el espino- superstición, cuatrerismo, bandidaje, mito y leyenda; eso debió ser en síntesis el Nirivilo que vieron los ojos de la infancia de González Bastías” (1).

 

Manuel Francisco Mesa seco nos ofrenda esta hermosa meditación sobre los orígenes telúricos del poeta: “En verdad esa aldea, Nirivilo, custodiada por las culebras de la leyenda, se guardaba el tesoro de un espíritu admirable, de un alma rica en sonoridades y virtudes, rica en posibilidades y proyecciones inmortales. Ese espíritu superior, esa alma inmortal, ese numen triunfador, se hizo carne en el poeta Jorge González Bastías, y el mismo fue ese entierro sagrado y mágico, ese rico tesoro, esa oculta riqueza, esa su poesía pura y alta, ese su ser superior, esas sus virtudes de alma privilegiada, que venciendo el espíritu del mal, los centinelas demoníacos, lo grotesco, lo amorfo, lo limitado, salió de la noche de su encierro, de la tierra misma que lo cubría, trayéndonos todas esas resonancias de la naturaleza y del planeta, para iluminar con su pureza, con su nobleza, nuestras vidas, esos sus y nuestros campos y el panorama mismo de la poesía chilena” (2).

 

Fallecido su padre la familia se traslada a Talca, pero en 1910 su madre recibe en herencia el fundo Infiernillo, ubicado a ambas orillas del río Maule, 40 kilómetros al poniente de la urbe, y ahí se establecen definitivamente. El poeta permanece en la ciudad donde adquiere un empleo. “Allí comenzaron a publicarse sus primeras poesías, en diarios locales y revistas de existencia efímera” (3).

 

Discernida su vocación literaria viaja a Santiago donde vive la bohemia romántica de sus nuevas amistades, de vez en cuando asiste al Instituto Nacional y publica su primer libro. Es aquí donde se revela el hondo poeta con una peculiar manera de poetizar que tanto atraería a la intelectualidad de entonces. “Conocía a todos los que escribían por esos años; se había improvisado periodista, reportero, jefe de gacetillas y hasta director accidental; conoció los más negros días de miseria; anduvo a veces meses enteros de seca en meca tras un empleillo del tres por cuarto, y, así, con toda esa carga, harto desagradable por cierto, tuvo entusiasmo para escribir versos en los ratos libres que su mal humor le dejaba, o después de una sobremesa de las muy escasas que hacía entonces... Todo esto fue cayendo de sus labios en el transcurso de nuestra amistad” (4).

 

Por esos días el poeta obtuvo insospechado reconocimiento, incluso varias antologías hispanoamericanas incluyeron textos de su primera obra; pero no podía subsistir con ocupaciones esporádicas, inseguras y mal remuneradas. Matías Rafide nos acota este detalle: “Vivió modestamente en la pensión Suiza, ubicada en la plazuela de Santo Domingo, en los altos de una farmacia” (5).

 

Desilusionado del tráfago literario del mundanal ruido regresa definitivamente al hogar paterno. Allí se dedica de lleno a la agricultura, disfrutando de la contemplación del paisaje y sus criaturas, reconstruyendo poco a poco aquella casa solariega donde compartiría con amistades, intelectuales y hombres públicos del país en un ambiente apacible, distendido, puro. “En tiempos de agitación, supo gustar la paz silenciosa de nuestros campos. En época de vanidad y ostentación, él prefirió la simple y agreste sencillez de nuestras tierras maulinas”  (6).

 

Escribe esporádicamente - “Decía que no sabía escribir y que su verso era demasiado simple” (7) -, puliendo con lentitud una obra que dará cuatro títulos: “Misas de Primavera” (1911), “El Poema de la Tierras Pobres” (1924), “Vera Rústica” (1933) y “Del Venero Nativo” (1940).

 

Participa a la par con inusitada pasión y arrebato en la política local. “La pobreza de los suelos del Maule y la mezquindad hacían dura la vida en su rincón. El poeta, sin petulancias mesiánicas ni alardes de moralista, apaciguó ánimos o combatió virilmente injusticias... Vio en la política lugareña uno de los instrumentos más adecuados para llevar a cabo sus buenos propósitos y fue así como se metió en pleitos y querellas de municipio y anduvo pintorescamente enredado en recuentos de votos y reclamaciones electorales” (8). Efraín Szmulewicz nos relata un hecho muy gráfico que nos ilustra el ardor que ponía el poeta para defender a sus paisanos: “Protagonizó un incidente que lo llevó a la prisión por poco tiempo: le disparó un tiro a un joven político que trataba con desprecio a los campesinos” (9).

 

Fue alcalde de Nirivilo en reiteradas ocasiones, sirviendo fervorosamente a las gentes de su jurisdicción. Esta labor lo lleva una que otra vez a Santiago para acelerar algún proyecto, lo que aprovecha para intercambiar opiniones literarias con sus amistades. “Si algunas veces alcanzaba a la capital, era siempre en propósito de servicio: arrancar al centralismo santiaguino ciertas mercedes indispensables a su comarca: una escuela para su aldea de Nirivilo; otra para el caserío de Infiernillo; algún retén de carabineros para resguardo de la región o cierta ayuda impostergable a labriegos necesitados. Su arribo a Santiago era una fiesta. Con él nos llegaban frescores agrestes, efusión amical, efluvios de una bondad perdida, sugerencias o atisbos inesperados que su plática cordial y sabia - con la sabiduría de una intuición maravillosa - iba deshilvanando junto a nosotros... Era inútil tratar de retenerle. Obsedido por sus afanes camperos, desaparecía sorpresivamente con  dos o tres libros bajo el brazo” (10).

 

En 1937 sufre un grave accidente ferroviario - el carrito que lo transportaba hasta su casa desde la estación, es embestido por un tren rastrero -, el cual lo torna aún más apacible y melancólico. Desde entonces usaría bastón y se acentuarían sus largas caminatas crepusculares por los senderos del jardín, que con minucia cuidaban sus hermanas, o hacia los andenes de la rústica estación que hoy lleva su nombre. Allí conversaba furtivamente con parientes, amigos o pasajeros  conocidos  que viajaban hacia cualquier punto del ramal; los saludaba cálidamente cuando no les obsequiaba presentes o una moneda siempre necesaria para el trayecto. El regreso a casa lo hacía lentamente, ya casi de noche, silbando un airecito o tarareando una tonada vieja.

 

Su aspecto era sencillo. De estatura mediana, macizo, moreno, cabellera que el tiempo dejó blanca con un mechón cayendo sobre la frente, mirada profunda y serena, bigotes anchos, pausado de movimientos; cuando no silbada conversaba en voz baja, casi musitando, palabras profundas recargadas de eses y si callaba se sentía más hondo un suspiro que traspasaba todas las cosas. “Este hombre modesto, sencillo y sin pretensiones, todo parecía menos un poeta. Ni gastaba melena, ni chambergos sueltos, ni americanas ceñidas, ni chalecos estrafalarios; nada de esto; su aspecto era el de un juez rural o el de cualquier modestísimo hijo de vecino” (11). Stella Díaz Varín nos confidenció, hace algún tiempo, una anécdota que refleja la auténtica personalidad del poeta. Cuando don Jorge presentó la primera obra de la escritora serenense en la Universidad de Chile en Santiago, alrededor de 1949, éste conferenció a su manera, apacible e imperturbable, envuelto en una infinita manta de castilla.

 

Los últimos momentos de este hombre bueno que escribió versos fueron muy dolorosos, debido a una enfermedad cardiaca, pero, a la vez, de gran recogimiento y misticismo. Manuel Larraín, obispo de Talca por esos días, nos relata la visita que hizo al poeta poco antes de su muerte. “Fue una mañana fría y luminosa de invierno. Advertido de la gravedad de don Jorge, partí a Infiernillo en el tren de la mañana. Mi entrevista con el amigo poeta debía ser sencilla y honda como su alma. ‘Don Jorge, le dije, usted ha buscado siempre a Dios. Ha cantado la belleza de las cosas creadas por la mano divina y a través del paisaje de nuestros campos costinos ha sentido la atracción de su inefable presencia. Usted, don Jorge, le añadí, ha seguido a Cristo y ha vivido en el espíritu de las Bienaventuranzas del Evangelio, ha amado la pobreza, la bondad, la paz y la simplicidad de la vida. Le falta sólo una cosa; tenerlo en su corazón’. Y clavando en mí esa su mirada de niño que conservó hasta el fin, me respondió con su sencillez característica: ‘¿Y qué debo hacer para tenerlo?’. Lo preparé a ese encuentro íntimo de Cristo con su alma y, mientras las lágrimas de emoción corrían por su rostro, él hablaba al Dios escondido con la diafanidad de la fe revivida y la ternura del que abre su corazón a un amigo siempre buscado y, ahora, felizmente hallado. De esos instantes de plenitud espiritual del poeta maulino, me cupo ser el único testigo y confidente. No profanaré en publicidad la expresión de sentimientos tan íntimos y delicados. Diré tan sólo, con honda convicción, que en esa hora Jorge González Bastías escribió su mejor poema” (12).

 

Falleció el 22 de noviembre de 1950, a la edad de 71 años. Su poesía permanece viva porque expresa en versos simples y con palabras verdaderas la belleza de las tierras pobres, surcadas por las aguas de un río legendario. “Nunca, acaso, la poesía sea un reflejo tan exacto de la vida del poeta que la crea como en el caso de González Bastías” (13).

 

Baste una pequeña muestra de sus versos para confirmar la esencia de su alma poética: “Hay en mis ojos un encantamiento/ y no me canso de mirar./ No está la casa donde yo vivía./ Los almendros están.// Las gentes de hoy tal vez no me conozcan/ y pasaré y dirán:/ Un viejo, un viejo... quién lo ha visto nunca?/ y luego... nada más.// Pero cuando florezcan los almendros/ y lleguen vientos ásperos del mar,/ la tierra que labró mi brazo joven/ quién era yo, dirá” (14).

 

Está sepultado en un nicho abandonado, en el cementerio de Talca, esperando que se cumpla el íntimo deseo que siempre manifestó de ser enterrado en su pueblo natal, Nirivilo.

 

III.-       Poética

 

Jorge González Bastías fue poeta a pesar suyo; nunca tuvo alardes de escritor y menos de intelectual. La poesía lo invadía por su natural disposición a la belleza, que él captaba con un don intuitivo muy desarrollado a través de la contemplación en la que vivía inmerso. Leía poco; escuchaba mucho y, así, cultivaba su imaginación. “En el escritorio del poeta se juntan los libros en altas rumas. Son de sus compañeros de Santiago y de admiradores del extranjero. Al recibirlos, los mira, los ojea apenas y recordando todo lo de excelente que tienen sus autores se siente feliz, y suspira y allí quedan. Adivina su contenido. Por un verso sabe el tono de los siguientes. Quizás el aprende oyendo porque escucha con el alma” (15). En cierta ocasión le responde a los autores de una antología que le requerían información sobre su vida y obra, que él no era un profesional del verso. Publica sólo a instancias de amigos un libro por década. Así y todo perdura su canto.

 

Esta intuición refleja del poeta, que cultiva con la sabiduría de un tucúquere, determinará fuertemente su peculiar manera de poetizar. “Jamás se ha preocupado poco ni mucho en didactizar, ya que escribe sus versos cuando los siente hasta la emoción más honda o hasta la inquietud de llevarlos rematados por dentro, según su propia confesión” (16). Esa, su fina sensibilidad intimista, es la que lo lleva a escribir de tal manera versos sustantivos, espontáneos, recurriendo a las formalidades más sencillas y naturales; aunque, por lo común, esta misma sobrecarga de emotividad hace que transgreda las normas y estéticas convencionales, creando así un estilo propio. “Más que complacerse el poeta en objetivar una determinada visión, gusta evocarla, desflorando su encanto con un toque de idealismo; entonces, el verso viene a sugerir más que a expresar, conservando su tono elegíaco especial, íntimo, sincero y sentido hasta el balbuceo. Y para completar éste su modo de sentir, González  ha recurrido a las formas que menos obstáculos pudieran presentarle, ya sea en octo o endecasílabos, las cesuras tienen la mayor libertad, hasta liberar completamente a veces los hemistiquios, los acentos carecen de su rigidez tónica y las rimas suelen perder su tiranía por razón de las exigencias del ritmo. Lo cual explica fácilmente sus muchos descuidos: rimas asonantadas y dispares, rimas agudas y monosilábicas, prosaísmos incorregibles, sinalefas imposibles e hiatos forzados... En ese su modo de poetizar hay una comprensión original del sentimiento lírico. Prima en él la vaguedad sentimental por sobre el color y la armonía retórica: a veces el ritornelo de la estrofa parece depender de una música interior que está en perfecto maridaje con el pensamiento del poeta. Se trata de la música que proviene de la mayor facilidad y sencillez del verso, que no del sonoro ajuste de las rimas... A medida que su verso gana en emotividad, sus acentos se hacen más fáciles, y el artificio de la rigidez métrica desaparece como por encanto. Es decir, todo tiende a simplificar los efectos de su procedimiento, derivándolo abiertamente hasta acordarlo con el tono elegíaco: un sincero sentimentalismo se acentúa y el verdadero poeta, que se contenía ante las dificultades de la forma, se vacía enteramente por dentro sin reparar en tal o cual amaneramiento literario” (17).

 

Certera descripción del proceso creativo del poeta de las tierras pobres, que se va a mantener sorprendentemente intacto a través de toda su obra; variarán los motivos, tal vez el temple, pero no ese estilo inconfundible, quizá único en la poesía nacional. Y el mayor logro del verdadero poeta es, justamente, encontrar su voz auténtica. Para confirmar esta apreciación leamos el poema Elejía sencilla II, escrito en la muerte de su abuelo:

 

Tenía blanco el cabello,

tenía la barba blanca

i una dulzura de amor

i de ensueño en la mirada.

 

Tenía pálido el rostro,

tenía las manos pálidas... 

se fue una tarde i ya nunca

más se oyeron sus palabras.

 

No se oyeron más sus pasos

en los patios de esa casa,

ni lo han visto más sus perros

que sollozando lo aguardan.

 

Abandonado quedó 

el bastón que acostumbraba, 

nostáljico de esas pródigas  

 manos que ya no se alargan.

 

Pero aún en esa tardes 

en que se recoje el alma, 

en todo hai como una sombra  

trémula que se ajiganta.. 

 

Cuando se iba ya, dejó  

en el campo una mirada  

tan honda i triste, que aún

está conjelada en lágrimas... 

 

Tenía blanco el cabello,  

tenía la barba blanca…   

tenía pálido el rostro, 

tenía las manos pálidas.

                    

Don Jorge publicó apenas cuatro libros en su vida, como ya hemos dicho, todos en Santiago, siendo el primero de ellos “Misas de Primavera” en 1911. En él ya denota una escritura y voz originalísima. Rafide afirma que en éste, su primer poemario, “un íntimo y asordinado tono elegíaco recorre las páginas del libro. Y una honda melancolía y cierta vaga tristeza traspasan y conmueven el ánimo del lector” (18). Hojeando estos viejos poemas escritos en la gramática de principios de siglo, que conservamos en esta antología, anoto -con ayuda de Mario Rodríguez Fernández- los típicos motivos de esos años en la creación poética hispanoamericana: “el amor sacrílego, la belleza manchada, el abismo del yo junto a la peculiar dicción e imaginería modernista (elección de vocablos de uso infrecuente y de significación sugerente y extraña)” (19) Utiliza González Bastías en ésta, su primera obra, preferentemente la rima forzada que, pese a reiteradas deficiencias, logra comunicar un hondo sentir. Por cierto que en algunos casos su temple es más festivo, dada la juventud del poeta y el agitado mundo en el que se desenvolvía por entonces; en otros poemas manifiesta ya la precoz profundidad de su canto.

 

En 1924, época de efervescencia social en nuestro país, publica “El Poema de las Tierras Pobres” donde asume visionariamente el principal drama humano y ecológico de la zona costina, inaugurando el motivo del río Maule en nuestra poesía y fundando, de paso, el fenómeno literario de la maulinidad con temas vernaculares y asuntos lugareños, rústicos, cuando todo apuntaba al arribismo y la siutiquería modernista en las producciones literarias del país y el continente. “En “El Poema de las Tierras Pobres” no encontramos ni el sincretismo ni la multiplicidad de fases que condicionan al modernismo. Por el contrario, la sensibilidad vital que revelan estos poemas y la imagen del mundo que proporcionan, se restringen a un sector muy determinado de la realidad; la miseria dolorosa de las tierras del Maule, que nos enfrenta a un sistema de preferencia fundado en un efectivo amor hacia los desposeídos y en una estrecha relación con la tierra o la región natal. Estos rasgos, entre otros, condicionan la actitud creadora de la generación que hemos llamado mundonovista. En ella han desaparecido definitivamente los motivos de la agonía romántica, del impresionismo, del parnaso y del romanticismo ‘místico’ y ajeno al  mundo, siendo reemplazados por una poesía simple que pretende ser casi una crónica de lo cotidiano y que intenta arraigarse en forma definitiva, cultivando temas vernáculos y describiendo los paisajes típicos de la tierra natal” (20). En la dedicatoria manuscrita, hecha por el autor en el pórtico del libro, está la clave para empezar a navegar por la poesía fundacional de González Bastías: “Al Maule, el río amado,/ a las sombras humanas que vagan/ añorando por sus tierras/ ahora infecundas”. El catedrático ya citado, Matías Rafide, se refiere en los siguientes términos a esta obra fundamental del poeta nirivilano: “Todo el poemario respira un ardiente hálito de dolor y de tristeza y es, al mismo tiempo, un valiente anatema contra la injusticia de aquellos que han convertido la tierra, otrora bella y generosa, en páramo infecundo. Contra la venalidad de los malos jueces y funcionarios que han perseguido a los humildes campesinos obligándolos a abandonar sus tierras y condenando a muchos a sufrir injusto encierro. Es un canto viril de protesta y angustia, pero sin altisonancias ni voces ahuecadas. Libro escrito con hondo sentimiento y plena conciencia de quien ha asumido la defensa de los pobres y perseguidos” (21). En cuanto a los recursos literarios que emplea, podemos decir que utiliza las estrofas y las rimas con mayor libertad. Usa de preferencia el verso endecasílabo y el heptasílabo. También, a veces, el eneasílabo y el alejandrino. Y entre las figuras más frecuentes se advierten la interrogación, el apóstrofe y el encabalgamiento.

 

“Vera Rústica”, publicado en 1933, es su tercer libro. Esta obra obtuvo el Premio Municipal de Poesía en Santiago, siendo el poeta maulino el primero en recibirlo, antes que se instaurara en Chile el Premio Nacional de Literatura. En este poemario González Bastías afianza su estilo y su lenguaje; logra con maestría plasmar certeras imágenes en sus construcciones poéticas, recreando motivos ya antiguos en su producción como el camino, el viento de la sierra, el Maule, el guanay, la mujer fecunda, la huerta, el mar y otros temas familiares. Enrique Villablanca, en un estudio inédito sobre el poeta - “El paisaje íntimo o el sueño terrestre” -, nos entrega la siguiente reflexión: “El agua, la tierra, el aire y el fuego constituyen para Gastón Bachelard arquetipos o fuentes originarias de ensoñación poética. Perteneciendo estos materiales al inconsciente colectivo, se instalan en la creación personal plasmándose en imágenes que liberan la ilusión del poeta. Según esta teoría, González Bastías ocupa como elementos expresivos la tierra, el agua y el aire, con los que elabora símbolos e imágenes que configuran un universo íntimo donde hombre y paisaje se identifican. La naturaleza es prolongación del sueño del poeta” (22). Abundan citas que ilustran esta tesis en el mencionado estudio crítico de Villablanca. En el prólogo de “Vera Rústica”, Roberto Meza Fuente nos acota: “Tienen los versos de Jorge González la más viva y ardiente fecundidad espiritual. No los olvida quien los lee. Son un latido cordial que rima con la sensibilidad del lector de fina percepción. Aunque el poeta los dice muy en voz baja, encuentran íntima y fervorosa resonancia en quienes saben escuchar. Amor son las estrofas diáfanas y encendidas de “Misas de Primavera”, amor el canto viril y doliente de El Poema de las Tierras Pobres”, amor esta “Vera  Rústica” en que el poeta llega a la madurez de su bello talento - inteligencia la suya que es el temblor de una sensibilidad en deslumbramiento perenne - en un profundo y sereno panteísmo que le hace adorar a Dios en las cosas de la tierra” (23). Metáfora-símbolo según la teoría estética de interpretación literaria de Raimundo Kupareo; transfiguración, representación, encarnación de la vida en la materia encontramos en esta incomparable poesía.                    

 

Su última obra, publicada en 1940, fue “Del Venero Nativo”, donde logra expresar como estado de ánimo permanente la temporalidad de los seres y las cosas. Esta tendencia ya se manifiesta en su libro precedente, pero es aquí donde se desarrolla con mayor profundidad. Los motivos se mantienen y recrean, agregando como novedad a su temática los poemas mineros, expresados en un estilo definitivamente propio. “En esta obra el poeta penetra en el misterio de las cosas; indaga en el más allá con bellos símbolos, sin alardes filosóficos. En tono de silencio, con profunda delicadeza, serenamente. Esta actitud se hará más clara aún en los poemas inéditos, escritos cuando sentía el llamado de la eternidad y, algunos, en el umbral mismo de la muerte. Cada día se iba haciendo más íntimo y pensativo y ansiaba llegar al corazón mismo de las cosas, entrar a la esencia y raíz de la naturaleza, de la vida y de la muerte... “Del  Venero Nativo” simboliza, a la vez, muchas cosas: la fuga del tiempo hacia la eternidad, la soledad existencial, la precariedad del ser y el misterio del universo” (24). Encontramos en estos versos los mismos recursos literarios anteriores que determinan su modo de poetizar, donde hay una comprensión original del sentimiento lírico desarrollado lentamente, decantando emociones sin apetitos ni urgencias, de tarde en tarde, sólo atento a voces de otra esfera. El poeta se mantiene así fiel a una escritura y un estilo inconfundibles.

                    

En la “Antología Poética” póstuma de González Bastías, publicada en 1952, Jerónimo Lagos Lisboa y Carlos Préndez Saldías recogen -entre otros- poemas inéditos tales como Pájaro nocturno, Soledad, Eterno génesis, Agua, Instante, Vivir y Mi luz. En ellos se confirma una poesía serena escrita con la sobriedad y sabiduría del hombre reconciliado con el paisaje, con sus semejantes y, en especial, consigo mismo. Algunos de estos versos fueron desechados por el propio autor en su ocasión y, los más, escritos en las postrimerías de su vida.

 

He aquí, en buena hora, el aporte de Jorge González Bastías a la insípida literatura chilena de principios de siglo: el modernismo, antes que impere en nuestras latitudes, es superado, enriquecido diría yo, por un estilo y una expresión original trocando los temas cosmopolitas de Darío por motivos lugareños, agrestes -a lo Jiménez o a lo Machado- priorizando por el contenido más que por la exactitud métrica. Mundonovismo, dirán otros. Pero nuestro poeta tenía su propio ritmo interior que emanaba del entorno cósmico; caminaba silbaba, meditaba y escribía al tranco de las estrellas. No le atraían las novedades contemporáneas ni las apetencias mundanas; vivió una época atiborrada de corrientes filosóficas y literarias tales como el dadaísmo, el surrealismo, el cubismo, el creacionismo y otra serie de ismos que, valorándolos en su justa medida, nunca lograron perturbarle el ánimo, el espíritu contemplativo, el ademán apacible y el temple melancólico. Su humanidad la vivía en plenitud, asumiendo una condición de poeta llano que nombraba las cosas por su nombre, con honestidad, incluso con dolor. De ahí la inefable belleza de su alma y de sus versos.

 

Podríamos, entonces, concluir esta tesis expresando - con plena convicción - que estamos en presencia de un gran poeta menor en la lírica patria y, aunque tradicional en la forma, absolutamente consciente de su opción lírica obstinada en un canto natural, huyendo de toda cacofonía que infecte el silencio, la soledad y el embrujo de las tierras pobres; pero que incorpora con sapiencia y un oficio más intuitivo que intelectual, con rubor casi, sólidos elementos de poesía moderna a su propuesta estética. Estos recursos literarios que hemos expuesto, sin duda, nos permiten reconocer en González Bastías a nuestro primer poeta clásico regional, sentando los precedentes de una maulinidad que no sucumbe a pesar de los pesares.

 

IV.-       Palabras finales

 

Para terminar estos apuntes diré, simplemente, que los criterios utilizados en la preparación de esta selección podrían resumirse en dos. Por una parte, he considerado el  temple de ánimo sereno, melancólico, profundo del poeta, que es en definitiva el González Bastías que ha perdurado por sobre aquél de espíritu festivo y modernista de su primera obra. Por otro lado, he tenido mucho cuidado en escoger los textos de mayor calidad literaria, donde el verso viene a sugerir más que ha expresar, conservando su tono elegíaco especial, íntimo, sincero y sentido hasta el balbuceo, como ya hemos expuesto, evitando, por supuesto, aquellos poemas donde sus desaciertos - rimas impares, prosaísmos y otros - sean más que evidentes.

 

Sin embargo, con estos escuetos parámetros he logrado reunir, así espero, un volumen de poesía de la mejor hechura, vigentísima y lo suficientemente madura como para demostrar que Jorge González Bastías es uno de los poetas importantes de Chile - sin duda el más hondo, puro y transparente - durante las primeras décadas del siglo veinte. “Sólo el poeta de verdad, como lo fue Jorge González, continuará acendrando la miel de su sabiduría, porque la vejez, las penas, los desengaños no harán más que acrecentar el caudal de ese pozo de experiencia que en lo más profundo del alma va acumulando la sustancia de que se alimenta su poesía. La hora crepuscular del poeta resplandece por ello con claridades de amanecer” (25).

 

Finalizo este apretado estudio confesando que he preferido que otros, especialmente coterráneos y contemporáneos del poeta, hablen de su vida y de su poesía; me ha correspondido sólo ordenar y clasificar datos y citas de la enorme bibliografía existente. No es mucho el mérito, pero es el más válido de los métodos en el caso de un hombre como Jorge González Bastías, alejado de toda figuración efímera, que fue poeta a pesar suyo.

 

 

Notas:

1.       Hugo Morán, “Prisma” (Organo oficial del Liceo de Hombres de  Talca), Talleres Gráficos Poblete, Talca, 1955. Páginas 5 y 6.

2.        Manuel Francisco Mesa Seco, Revista “Mapocho” N°25, Biblioteca Nacional, 1977. Páginas 57 a 66.

3.        Hugo Morán, Idem. Página 7.

4.       Armando Donoso, “Los Nuevos”, F. Gempere y Cía, Editores Valencia, España, 1912. Páginas 148 y 149.

5.       Matías Rafide, “Evocación de Jorge González Bastías”, Revista Universum, Año 2, Número 2, Universidad de Talca, 1987. Página 35. 6.       Manuel Larraín E. Carta a Jorge Silva V., con fecha “Talca, Nov. 22 de 1951”, publicada en diario “La Mañana” de Talca el 29 de noviembre del mismo año.

7.       Carlos René Correa, “Jorge González Bastías, el Poeta de las Tierras Pobres”, Universidad Católica del Maule, Santiago, 1970., Página 66.

8.        Hugo Morán, Idem. Páginas 9 y 10.

9.       Efraín Szmulewics, “Diccionario de la Literatura Chilena”, Selecciones Lautaro, Santiago, 1977.

10.    Jerónimo Lagos Lisboa, “Antología Poética de Jorge González Bastías”, Editorial Nascimento, Santiago, 1952. Página 11.

11.     Armando Donoso, Idem. Página 148.

12.     Manuel Larraín E., Idem.

13.     Carlos René Correa, Idem. Página 9.

14.    Del poema El viejo guanay, tomado de “Vera Rústica”, 1933.

15.     Armando Donoso, Idem. Página 157.

16.    González Vera, “Algunos”, Editorial Nascimento, Santiago, 1959. Página 80.

17.     Armando Donoso, Idem. Páginas 152, 153 y 154.

18.     Matías Rafide, Idem  Página 38.

19.    Mario Rodríguez Fernández, “El Modernismo en Chile y en Hispanoamérica”, Editorial Universitaria, Santiago, 1967. Páginas 129 y 130.

20.    Mario Rodríguez F., Idem. Página 130.

21.    Matías Rafide, Idem. Página 38.

22.    Enrique Villablanca, “El Paisaje Intimo o el Sueño Terrestre en la Poesía de Jorge González Bastías”, 1985, inédito.

23.    Roberto Meza Fuentes, prólogo de “Vera Rústica”, Santiago, 1933.

24.     Matías Rafide, Idem. Página 42.

25.    Ernesto Montenegro, “Mis Contemporáneos”, Editorial Universitaria, Santiago, 1967. Página 78.






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 Referencia
Bernardo González Koppmann.  "Jorge González Bastías, fundador de la maulinidad."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   21 de enero de 2006.
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