“Tal vez el silencio
no sea más que el tiempo
sin nosotros”
(M. R..)
“Presagios” es un libro importante en la obra de Matías Rafide. Fue publicado en El Cairo en 1994, cuando el poeta cumplía misiones consulares en representación del gobierno chileno, en una edición bilingüe de 96 páginas pulcramente ilustradas.
La poesía de Rafide se inserta en la tendencia hermética dentro de la región del Maule, y ha trascendido en forma insospechada por otras latitudes y continentes. Estimo necesario conocer esta poética con la finalidad de que el amable lector pueda tener una visión más amplia y completa de la poesía maulina, la cual se venga a complementar o fusionar con la corriente telúrica, vernacular, de González Bastías, Jauch y Barquero para formar así una sólida personalidad cultural o identidad literaria.
De origen clásico, el concepto “hermetismo” deriva del dios griego Hermes, el cual había sido asimilado del dios egipcio Thot durante el antiguo período helenístico, caracterizándose esta deidad por ser el guardián de la sabiduría y los secretos de la vida y sus símbolos. De ahí viene la raíz semántica de estos textos, elaborados acertadamente con elementos de estética moderna.
Matías Rafide (Curepto, 1929) ha plasmado en estos treinta poemas su particular interpretación del drama existencial del hombre contemporáneo. Todas sus arquitecturas estás elaboradas con palabras ambivalentes, simbólicas, logrando que cada signo se densifique o cargue de un sentido insustituible, y para ello recurre a vocablos comunes, incluso del habla cotidiana: “Manzanas/ -cestas de muchachas-/ iluminan balcones/ en la niebla”.
Al contemplar, más que leer, el poema anterior observamos el motivo de una fruta clásica que atesora un símbolo bíblico, exhibida vulgarmente en un mercado fluvial del Medio Oriente o en un hipermarket del norte; “manzanas”, convertidas en “cestas de muchachas”. Esta metáfora simple cede el paso a un hallazgo típicamente rafidiano; ellas, las dulces “iluminan balcones” y queda el tópico resonando en el subconsciente, “balcones”, “balcones”, “balcones” ahondándose, profundizándose en su silencio interior: los burdos canastos tirados en el suelo se transfiguran en miradores, en terrazas, en ¡balcones! desde donde nos ven pasar niñas hermosas. Las manzanas son “muchachas” que nos contemplan, impúdicas o cándidas, en cualquier esquina del mundo y, además, nos sonríen…
Pero he aquí un toque notable del maestro: las muchachas nos buscan con sus ojos “en la niebla”. Así, las hermosas que nos miran, simultáneamente nos rescatan de la muchedumbre atolondrada y del materialismo despersonalizador - ¿qué otras connotaciones nos sugiere el vocablo “niebla”? - purificándonos por el influjo de la mirada y acercándonos a un deseo ahora jamás prohibitivo, sino fresca inocencia, lozanía, sorpresa. El paraíso o la utopía se restituyen por virtud de una palabra.
Ese es el tratamiento estético que posee la mejor poesía de Matías Rafide. Corriente existencial lacónica e intuitiva depurada con tesón de artesano, difundida en Chile por Raimundo Kupareo en la década del 60', quien decía: “El arte es esa admirable unión de lo abstracto con lo concreto, de lo material con lo trascendente. Nombrar de nuevo las cosas para que sean depuradas del uso y abuso que ha hecho de ellas el hombre, es la más sublime misión del poeta”.
Los temas de Rafide en “Presagios”, libro que no podía ser escrito en otro lugar que no fuera Egipto, cuna del enigma y el misterio, serán la muerte, el paso fugaz del tiempo, la frivolidad del mundo postmoderno, la mujer, el arraigo ancestral y el dolor por lejanas latitudes, costumbres, modos, aromas y gestos que se extrañan. El hablante intenta, y lo consigue pese a su escepticismo consuetudinario, existir pletórico entre el Nilo y el Maule, conservando su prestancia universal.
El aporte de Matías Rafide a la literatura del Chile actual estriba en cuestionar tanta palabra huera que profusamente infecta nuestra sensibilidad y entendimiento, y propone en versos minúsculos decencia al oficio de poeta, dignidad, pulcritud en el tratamiento de sus materiales líricos y un compromiso apasionado con un lector cada día más lúcido y contemplativo, ajeno a los cantos de sirena. Escribir para gusto masivo y proclamar la poesía a gritos es despreciar la capacidad de apreciación estética del ser humano, alimento imprescindible para formar un ethos propio que nos permita delinear una imagen, un rostro, hoy por hoy desfigurado entre baratijas de plástico.
Al terminar la lectura de “Presagios” no puedo dejar de pensar en la siguiente reflexión inefable de Gastón Bachelard: “La poesía es una metafísica instantánea. En un breve poema debe dar una visión del universo y revelar el secreto de un alma; del ser y de los objetos, al mismo tiempo”.
La poesía no se escribe para abajo o para el lado (“horizontalidad”), sino hacia adentro (“verticalidad”); decir más y mejor con menos palabras. Esta es la enseñanza que nos deja la presente obra de Matías Rafide.