Consejos del alerce
Si te vas rápido, al final de la jornada
recuerda buscar agua
y hacer un fueguito
con la primera estrella en el crepúsculo.
Vete liviano como te lleven
los silbos del canelo,
como te anide el viento en las mejillas.
Vete, que quiero ser bosque.
Vete raudo si quieres,
sé con las lomas
y los prados,
que ya encontraré
tus amarras
muertas sobre alguna piedra
a orillas del estero.
Ve y ama,
ama todo lo que encuentres,
que lo oculto dará contigo.
Ama lo que puedas
y lo que no puedas,
sé con la polvareda y los graznidos
escucha los consejos del alerce,
sé recodo y, aún más, sé abismo.
Ama al sol en el bosque,
que salta burlesco de árbol en árbol.
Sigue y verás la cumbre;
anda, no esperes al camino
porque se detuvo a orinar
en la floresta.
En el fondo del patio
El abismo está arrinconado
por un puñal de la ternura,
por su edad perversa
y de uñas sucias
con las que tanta tierra
arañar no basta
para desenterrarse a uno.
En el fondo del patio un niño juega
Sisean de todos lados
sórdidas manos limpias
y aplauden la intachable andanza
del sujeto ejemplar
con su horizonte
decapitando toda carcajada
que atente contra las buenas costumbres.
En el fondo del patio un niño juega.
¿Se habrán mirado el rostro
en una charca?
¿Se habrán detenido a recoger
la hoja más muerta de la calle?
En el fondo del patio un niño juega.
Y tan adulta prestancia,
maduros hasta la podredumbre,
agónicos perpetuos
crudos como ansias en serie,
añejos de razón.
En el fondo del patio un niño juega.
Y se arrojan ironías siúticas
comiendo charqui de unicornios.
En el fondo del patio un niño juega.
Propongo dejar que la desnudez
nos apriete el cuello un rato sin corbata
con todos sus siglos de imperio.
Despeinemos la calvicie
de esta mesura enfermiza,
que no halla miedo ante cuchillo
y menos al tenedor.
En el fondo del patio un niño juega.
De viejo se llega hasta aquí
sin contrato ni condena,
sin pedir permiso ni a los sueños,
esperando que una hormiga cruce
el resto de muralla.
En el fondo del patio un niño juega.
Las hojas que trae el otoño
Las hojas que trae el otoño
son piel añeja
que se desprendió del sol.
Mugen hondas las campanas
soltando sus raíces al viento
como una estampida
de ausencias en el aire.
Crujen las ruedas
de una carreta neblinosa.
Un puente sostiene las orillas.
La tarde se descascara de un coihue
mientras dios y satanás
juegan ajedrez sobre mi tumba.
Mi abuela teje
Mi abuela teje sentada en mimbre
junto a su salamandra.
Teje el olor a duraznos
que al partir llevarán sus hijos,
madre de todos los forasteros;
teje mientras en la mesa
mi abuelo habla de trenes y radicales
con los retoños segundos que gotean del reloj;
teje celajes y estaciones,
mares salpicando pétalos;
teje a veces estornudos o nietos
y le pregunta a los fantasmas
si le llevaron cafecito a Mario,
si vino la orfandad a ofrecer leña,
si la brisa trajo alguna carta.
Mi abuela teje al ritmo de un ronroneo
hasta el vapor de la tetera,
toma agua de hierba
y sus espinos afloran estrellas.
Teje los corredores llenos de trompos y nietos.
Su sombra debe andar en el jardín
cortando patillas para darle a otras viejas
que pronto llegarán de la parroquia.
Entonces, deja sus manos a un lado
y pareciera que los ríos se detienen,
que las guerras se apaciguan,
que las hojas dejan de caer
y pone a secar la ropa sobre el hilo
de un volantín perdido entre los astros.
Toda el hambre
Toda el hambre humana
yace servida,
toda el hambre,
en este plato áspero de clase,
tibio.
Y es vorágine esta sola cuchara
raspando en el abismo
de una olla sin fondo.
Nadie sabe con qué ansias,
ni cómo tragarse
todas las palabras.
Las moscas rondan el lugar
como una constelación
de mofas irreverentes,
zurciendo esta rabia
magullada
en plena víspera de sal.
Afuera,
un desterrado
pasa arrastrando
el horizonte de su pierna.
Si hemos de llorar desconsolados
que al menos sea
sobre el abrazo de cada puerta
antes de golpear su estatura
de padre muerto.
Si el sentido a veces es resta
y el candado múltiple de vagos,
si somos dividendos exhaustos
de una ecuación tan sigilosa
es porque hay una raíz
descuadrada bajo tierra,
un criterio redondo en mesa;
porque no se trata de un solo deudo,
abstracto, de apuntar sin disparo,
sino de hacer banderas hasta con las sombras
y respirar debajo del tumulto
el esquivo beso
que el lento derrotero
no alcanzó a entregarnos.
De un sorbo llenaremos nuestra copa,
porque refresca el quebranto
de tus labios descascarados,
que casi están volando,
y porque una lágrima del más simple
suele ser la gota que rebalsa el pecho.
Andan tensos estos sueños caminando
hasta cortársenos las cuerdas
en pleno arpegio;
incluso, contra el tiempo,
saldrán a flote nuestras huellas.
Las manos no terminan en la caricia
ni en los golpes,
allí recién despiertan:
cuando amasan
los gritos más gordos de la gente,
cuando aprietan las piedras
hasta volverlas papas,
cuando se detienen
a desnudar de cansancio sus pies
y martillan la canción
para que arda en otra historia.
No creas que estoy lejos.
Soy feliz de haber cicatrizado las miserias
a pesar de la hora
con sus segundos huérfanos
y las agujas cojeando sordera.
Empuñemos los abismos
y el trajín de cada puerto.
¿No escuchas al paisaje
desbordándose
ventana adentro?
Tu sangre anda por ahí,
asechando su pulso perdido
como tinta de un lápiz
a punto de estallar en el silencio.
Estaremos de pie
mientras alguien abra
una trinchera de ternura
con un mordisco
y se duerman los caídos
en su propia tabla
pensando en ahorcar barrotes
y castrar a todo héroe en su garita,
fusilar dioses en la cancha,
preguntarse por la edad de los castigos,
hasta volver al patio
donde la piel descansa.
Pero queda un frío revoloteando
en los bolsillos del abrigo.
No sé perdonar esta paz
que nos carcome los huesos;
la indiferencia ahoga los tambores,
murmullo de aplausos mancos:
hay un clavo que sostiene nuestra herida.
Entonces, se nos hace poco protestar
por aspirinas metafísicas
o pedir pétalos tartamudos
para lanzar al ventilador.
Resbala en los espejos
empañados, yertos,
el escupo a secas
que merecen las alfombras,
las antesalas y la agenda
del cabrón de turno.
Se vuelven nada
esas rebeldías en serie:
el vacío y la mirada turbia
de tener cesante
al propio ángel trasnochado.
Sin embargo,
quiero ajustarme los zapatos
y dar cuerda
en sentido inverso
a esa sien que titubea
frente al ritmo de los remos.
Salvemos nuestras manos sobre la hoguera
que todavía viajan en cada cosa;
incluso en sus paraísos en veda,
en sus cartas de perdón a diciembre.
Maldigo los guantes
y los nombres de esos países
parecidos a las estatuas,
maldigo la caridad
y el sobre espanto de orgasmos
en el aire,
porque basta con estar de pie
para tener un enemigo.
Aunque no alcance
con la simpleza del trigo
o la agonía que te asalta
a mano armada,
les saldremos al paso
a los formales
mirando fijo a sus pupilas.
Toda el hambre humana yace servida,
toda el hambre...
Polilla
Tarde nublada que traigo
en los bolsillos dolorosos
¿Cómo compararte
con esas hadas pirujas
de los cuentos castigados?
Insistencia ebria que gotea
en la llave averiada
de tanto encontrarse.
Ansia del último revoloteo
que ronda como duda picoteando
en la lengua pedante del mago
de cualquier feria.
Ah, polilla;
hurgas las ropas y las cortinas,
comes de nuestra desnudez,
te pareces a las ideas desesperadas
por sus siluetas.
Flor del harapo,
cuando llueve
dejas de rondar la ampolleta,
luego nos devoran en hileras
hasta quedar debiendo carne
con los huesos al viento,
como letras cansadas
de sostener una frase.
¿Tan polilla te llamas?
Si sólo eres el viejo polvo
de los muebles a toser.
Asombro suicida buscando
su nombre con ceguera.
Color enfermo que huyes del día,
asustado como el rostro
de los muros sin rayar;
pólvora de la ventisca nocturna,
de faroles acumulando incertidumbre,
órbita voraz,
con ambas alas izquierdas
tan torpes
que pareces ser un vicio necesario.
Traspié del brillo contra el tanteo,
rápido aletear de tinieblas jóvenes,
siempre te apagas
cuando quieres asesinarnos
sobre la luz.