La misma posición, simulando ser una realidad simulada, un espejismo
o solamente otra pose.
El mismo golpe en el suelo. La lluvia, los miedos
–again-
Una bella historia hecha de palabras, de fotografías. Somos un puñado de gestos
frente al reflejo en la ventana, buscándonos balas aún en la oscuridad.
Pero se halla extinta la muerte y solamente dejamos de respirar,
esperando que el cielo no nos caiga encima, que las paredes lo contengan.
Los soldaditos saliendo del caballo. La ropa tendida, los codos tendidos,
las luces tendidas. La incógnita de no saber qué olvidar,
cuál será el próximo movimiento, cuál será el movimiento.
La radio transmitiendo de otra cosa, hojas sueltas.
No puedes sacarte la bala con los dedos,
¿Cuántas veces tendrás que morir para entenderlo?
de Chilean Poetry
No podría salvarte ni un poco, me sigues. ¿O tengo que decirlo de otra forma?
Sería como cercenarte a oscuras, cayendo fuera cada cosa,
más que nada el cuerpo sabría resentirse, desgarrarse y encogerse tras las paredes,
donde penden cuadros idénticos y el viento choca ennegreciendo lentamente la pared.
Vamos, recuerda que fue aquello que viste y dime cómo podría imaginarlo.
Es difícil callar diciendo,
¿Cómo se recibe una palabra?
de Chilean Poetry
Esta, la casa que todos podemos imaginar, tiene pistas que no recogimos
y se van gastando de tanto ser ignoradas.
¿Qué hubiésemos sido al seguir las señas?
¿Estaríamos desaparecidos aún de nosotros?
Esta noche,
ningún lado
¿Puedes morirte de mentira?
Respóndeme antes de esconderte, ya hablaremos de las desapariciones, este es el último comunicado antes de sustituirnos las identidades o perdernos en el laberinto.
Dejamos el caballo húmedo en la entrada, de regalo, una provisión de manzanas,
la ballesta y dos estacas.
Porque al final, al principio, todo se repite :
la idea de pensar en la falta de palabras, los cuerpos sobre la mesa,
los cubiertos.
Todo se repite, todo.
Tengo frío llueve
estoy cansado de imaginar
de Chilean Poetry
Púas para perpetrar el simulacro
bajo una lluvia marcada por los signos
del castigo de la barricada.
El aguacero ha creado su doble. Que distorsiona la verdadera humedad del agua;
tal vez sea eso, el asunto de la lluvia, lo que nos extravíe
los falsos focos. Las nuevas imágenes, los márgenes.
La caída es una televisión a colores transmitiendo el recorrido de una flecha
desde la ballesta, la pistola, el tanque
hacia un caballo de madera con un laberinto dibujado en su lomo.
de Chilean Poetry
Nos educaron bajo el tótem,
cerraron la ventana, el espejo
y el cuarto vacío donde se podía llorar solo.
Agujeros, números, sonidos. Carne, color carne, occipital,
piedras pómez, columnas limpias, los jardines.
No dicen nada de mi antena, de las rayas en la cara
o de la luz que se cuela entre las sombras.
Nos obligaban a padecer dolores, a mirar al rostro,
a decir Alejandría,
hórrido amor
hegemónico aerolito hidalgo bullicio
pleamar.
Acostumbrábamos a dibujar puntos pequeños antes de encallar
o dejar el archipiélago.
Nos educaba un policía
martillando metacarpos parietales
sin martillo.
de Chilean Poetry
Un imperio nubló todos estos años, el registro de cierta época, y muchas otras cosas.
Sólo digo humo
sólo digo diáspora.
A pesar de las nubes, los muertos dejan una huella,
en algún lugar, es eso, la mancha de sangre, una
discusión estética.
Entretanto, colecciono el the end de las películas
de Chilean Poetry
Mi cuerpo aparece ahí sentado en la silla vieja,
preguntándose ¿Qué será del miedo?
o eso de igualdad, libertad, fraternidad y
modernidad.
Esta, la ciudad que aparece tras mi cuerpo, se pierde en su propio vacío. Parece un dibujo extraviado; tiene años
enmoheciéndose:
por el viento, el frío,
por la bayoneta,
y la piedra húmeda,
por una lluvia fuera de lugar.
La ceniza empieza a cubrir nuestros monumentos,
la lluvia se desliza entre lo que puede ocurrir y lo que ha ocurrido. Se siente el eco de los golpes, la ceniza cubre esta tristeza. Hay culpables,
la desaparición ya no está desaparecida.
No hay signo que no eclipse,
nadie sabe por qué llueve.
de Chilean Poetry
El tiempo está cerca, dicen
no hay realidad real, cosa bella. O una puerta sin ventana.
Metacarpos, metralletas humo.
No es derrota haber nacido después de la modernidad,
después de las derrotas o después de cristo. No es derrota nuestro silencio,
nuestro fracaso en las derrotas, en las victorias.
No es derrota nuestro silencio,
o aquellos susurros que dejamos flotando,
creyendo que esto es un gran mundo lleno de sucesos.
Los huesos se trizan entre sí, el tiempo nunca fue mucho;
llueve. Afuera está nuestro caballo de madera;
tiene clavos sueltos, una sombra que la cabeza dibuja sobre su lomo,
y una oreja astillada.
El caballo de madera está afuera, y mira las explosiones
con el hocico meado a los pies de un muro.
de Chilean Poetry
Nos fuimos tan lejos
que olvidamos la historia y la herida.
Se nos olvidó la historia, repito, la historia;
repito, el cepillo de dientes en el baño.
de Chilean Poetry
Los últimos años de un boxeador transitan entre el dolor de los golpes recibidos y los golpes, que arrojados, imitaban a los aviones que arrojaban
cuerpos al mar.
En sus últimos años él sabe que debe incomunicarse, sabe que aquello es un lenguaje muy distinto a todo lo que conoció en el cuadrilátero.
Debe olvidar así, que las cuerdas que cierran el cuadrilátero se tornan irregulares al recibir los cuerpos, pero guardan en su anomalía el dolor del cuerpo derribado, guardan también un golpe ausente y presente
dibujado en el aire,
una caída por venir.
Nos sentamos en la orilla de un viejo boxeador recordando el extravío,
o aquellos vaivenes que entran y salen de nosotros, como cuerpos en el mar;
Un barco con cuerpos entrando en altamar es la violación de una metáfora, algo
así como rocas encallando en un barco
o la ficción de un golpe en una noche que no acaba.
Pájaros movidos por el viento aparecen como tatuajes del cielo al momento de
colgar los guantes. Así, no es necesario hablar, así, el silencio se guarda a sí
mismo como gesto de ausencia.
-El humo es una reescritura del silencio-
En los últimos años de un boxeador las caídas son
una alegoría de la derrota que lleva a cuestas, persiste, más que nada
por abandono y ficción.
Un día, tras salir del marco de su casa, un viejo boxeador olvida avisarnos de su
muerte, se pierde con el hambre de los golpes y el recuerdo
de sus amigos muertos, mirando la frontera.
Te miró y lo único que hiciste fue dejarlo seguir en la pelea, callabas,
y él imaginaba que el silencio le decía aquello que deseaba escuchar;
el tiempo que pasó recibiendo golpes lo alejaba más de su cuerpo,
hasta que el río un día tuvo otro significado dentro de sus aguas.
Su vida fuera del cuadrilátero era un camino cercado de pasajes
que remitían a un centro lleno de grafitis. Recordaba a Mordo Nahum
diciendo: Siempre estamos en guerra, y seguía perdido mirando las cuerdas del cuadrilátero, ondeándose como olas de un mar que chocan
con el puerto que les contiene. Ensuciaba las ventanas para no caer en la red
secreta de una transparencia vulnerada.
Este boxeador exiliado recibe los golpes escondido de las olas
porque entre la pose que debe mantener y la pose que debe derribar
se ha interpuesto lo desconocido,
¿Sabes cuál es la posición de tu voz ahora que no llueve?
Vamos, oxidémonos juntos, caigamos en línea recta hacia la lona
como si fuésemos sólo un viejo boxeador habitado por incógnitas
un peleador que se excede al eludir, al mover los pies.
¿Entiendes ahora que no se trata sólo de golpes en la cara?
Una pelea es algo solitario, es pura ausencia;
un vuelo en cambio no es sino una suma de transparencias saliendo de tus
ojos, tachaduras a una voz que se calla a si misma por no saber
cuál es su lugar en la memoria.
Vamos, guárdame en el aire,
sabemos que hay espacio ahí.
Sabemos que sólo un viejo boxeador tiene derecho a la violencia,
a decirte adiós sin palabras,
moviendo su guante como testimonio,
como línea invisible guardada en el viento;
el sacrificio estrecha su horizonte, estira la entrega de su muerte.
No llegó a la revolución ni a sus recuerdos, no tomó jamás un libro
y las heridas que veíamos a través de la televisión eran en blanco y negro
igual a los árboles que interrumpían el trayecto de las bombas
que iluminaban esas noches.
Odiabas a quién decidía callar por no tener qué decir
¿Y si te mirase nada más, desde el color sucio del silencio?
de Vuelo
Calas cubriendo un roble incinerado
huesos buscando el vértigo del aire.
Hay que decirlo, no ha sido una canción revolucionaria nuestra lengua,
las piedras aún siguen manchadas de sangre, de santo domingo.
(¿Qué es un desgarro?)
Hemos fracturado las viejas ideas de cómo dibujar el cielo
para movemos temblorosos en el aire
mientras las historias de los afiches calan hondo en el decir de la ciudad.
Nos movemos pensando:
¿Qué archivo guarda las mordazas?
¿Bajo qué silencio nos comunicamos?
Decimos aire a cada rato; pues el pavor es siempre el mismo, día tras día,
nace en la periferia
para llegar a su ocaso en la claridad de la tráquea iluminada.
Es cierto, a veces nos elevamos sólo para invertir la caída
o soltarnos las mordazas
como burla a una tradición que usa la trayectoria de la muerte como señuelo.
Algo así como puzles, o materiales dispersos sobre la línea de horizonte.
Es seguro, no volveremos a volar, hemos de regresar a la academia,
que ha huido de sí misma, de la representación, del espacio
de un espino dibujado sobre la cubierta fría de los muertos.
Hay que decirlo, es por caer es que las cosas dejan de estar tan arriba,
escapadas de su sentido, o lejos del abajo nada más.
de Vuelo
Ayer pasamos una tarde viendo como la ceniza desaparecía saliendo de una brasa, elevándose en un vuelo que anticipa las huellas que ya no podremos leer sino mirando la línea de horizonte. Un cadáver es un puñado de ceniza. Es un cielo en movimiento sobre un cielo detenido.
Pasamos una tarde buscando la política del aire, de las nubes.
de Vuelo
Aprendimos que decir edificio incendiado era decir la condición del edificio; decir detenido desaparecido era pura condición, algo así como esquirlas hundiéndose, lentamente, en el agua. Es así a veces; la historia habita entre rejas, con un dibujo surrealista del otro lado.
Aprendimos entre desencanto y desastre. Ocultamos un carbón atravesado en la tráquea, expeliendo un polvo negro que inevitablemente nos recuerda
brasas encendidas.
de Vuelo
Vienes en un poema porque es la única forma de estar viniendo y no. Como el paso de la tarde acumulado en las sombras del pasillo, intuyes la llegada de la noche como lápida ensombrecida poco a poco por el ruido silencioso de la muerte.
Vienes aún en la escritura que precede a las palabras, como si ella ocultase un deseo desaparecido, un objeto, un lugar que no es sino calles vacías.
El negativo de la imagen fúnebre parece una imagen imposible, es así, vienes aún en la escritura que permanece luego de las palabras.
Vienes y traes costras de témpera en las manos. Traes el rumor de un pueblo que no existe pero añoras, o una canción que dice el número de muertos. Vienes y estás atrapada en tu venir. Te pareces entonces a quienes están privados de ser libres de su cuerpo.
Despejo las raíces que cuelgan de los muros para armar tu silueta y sacarle una fotografía, pero no dejo de pensar en que un río puede, más allá de la fuerza de su caudal, ser tan real como un coigüe que respira a través de los mordiscos que marchitan los atardeceres en la arboladura.
Vienes y no, llenándote de pliegues que señalan tu camino. y la llegada de la noche nada dice de la tarde, de un viejo amor que se hace amarillo por la ausencia de palabras, de estar parado frente al río haciendo aviones de papel para recordar el vuelo; y cobijarte en la derrota, porque sólo en ella hay escombros para desplazar, sólo en ella una mano olvida los gestos y retiene la luz que una fotografía encierra para recordarte. Para volver, como en una película, con las manos llenas de cerezas y trozos de corteza de coigüe y latones oxidados, por decir algo de la ciudad. De la noche que tiembla en tus dientes apretados, que limitan el adiós que ibas a decirme. Vienes y no entonces en la música que un vaso humedecido refleja en la mesa de nogal; sola ella en el salón y solo tú que eres yo, en un lugar cercano al río, pensando en qué será de aquellos que eran un barrido en la fotografía, que será de la carne buscando dientes como una tachadura,
¿qué será volver con las manos y la voz teñidas de cerezas?
de incomunicaciones
Hay tanto por decir cuando pasas el dedo por la pintura, tanto;
que poco a poco olvido los gestos de una voz que amenaza con caer.
Los ojos se pierden, ocasionan un silencio
y no hay mirada.
Esperamos que suceda lo de siempre, la pintura secándose de afuera hacia adentro
imposibilidad en la reproducción
maquetas,
finales rodeados de aceite, sequía. Lo de siempre, no lo sé.
El ruido de un caballo tirando una carreta aparece en el video
y lo escuchamos para completar el ejercicio, para darle sentido a las imágenes. Esto es:
entregar un regalo como quien entrega su melancolía;
o estar tan lejos que volver a casa sea quedarse callado, buscando un lugar
que no aparece sino en la búsqueda.
Cuando pasas el dedo por una pintura te sientes desplazada a través
del espacio de una película, te sientes llena de lenguaje quizá.
Ves, somos ficción,
pétalos cayendo en forma circular;
dialéctica de las imágenes te gustaría decir, movimiento de pinos, no lo sé
palabras siempre en función de la caída.
Las flores nuevas de un almendro deben ser resumen de algo más,
como quien exhibe en su escritura el deseo de contar una historia olvidada,
una carta quizá.
Escribe una carta nada más, -te dijeron-
Podrías decir en ella
que de lejos un ciprés reconoce a sus iguales,
que aquello que callamos entibia el aire de los ojos.
Podrías decir un día cualquiera,
que a veces la voz es tan callada que no está sino para oscurecer a las luciérnagas,
que no es más que un transcurrir de días en espera de pájaros marinos.
o cierta deriva de las sombras
estética de un tiempo armado como un rompecabezas.
de incomunicaciones