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Castellano
Andrés González. Selección de poemas (Consejos del alerce)


 

 

Consejos del alerce

 

Si te vas rápido, al final de la jornada

recuerda buscar agua

y hacer un fueguito

con la primera estrella en el crepúsculo.

Vete liviano como te lleven

los silbos del canelo,

como te anide el viento en las mejillas.

Vete, que quiero ser bosque.

Vete raudo si quieres,

sé con las lomas

y los prados,

que ya encontraré

tus amarras

muertas sobre alguna piedra

a orillas del estero.

Ve y ama,

ama todo lo que encuentres,

que lo oculto dará contigo.

Ama lo que puedas

y lo que no puedas,

sé con la polvareda y los graznidos

escucha los consejos del alerce,

sé recodo y, aún más, sé abismo.

Ama al sol en el bosque,

que salta burlesco de árbol en árbol.

Sigue y verás la cumbre;

anda, no esperes al camino

porque se detuvo a orinar

en la floresta.   

 

En el fondo del patio

 

El abismo está arrinconado

por un puñal de la ternura,

por su edad perversa

y de uñas sucias

con las que tanta tierra

arañar no basta

para desenterrarse a uno.

 

En el fondo del patio un niño juega

 

Sisean de todos lados

sórdidas manos limpias

y aplauden la intachable andanza

del sujeto ejemplar

con su horizonte

decapitando toda carcajada

que atente contra las buenas costumbres.

 

En el fondo del patio un niño juega.

 

¿Se habrán mirado el rostro

en una charca?

¿Se habrán detenido a recoger

la hoja más muerta de la calle?

 

En el fondo del patio un niño juega.

 

Y tan adulta prestancia,

maduros hasta la podredumbre,

agónicos perpetuos

crudos como ansias en serie,

añejos de razón.

 

En el fondo del patio un niño juega.

 

Y se arrojan ironías siúticas

comiendo charqui de unicornios.

 

En el fondo del patio un niño juega.

 

Propongo dejar que la desnudez

nos apriete el cuello un rato sin corbata

con todos sus siglos de imperio.

Despeinemos la calvicie

de esta mesura enfermiza,

que no halla miedo ante cuchillo

y menos al tenedor.

 

En el fondo del patio un niño juega.

 

De viejo se llega hasta aquí

sin contrato ni condena,

sin pedir permiso ni a los sueños,

esperando que una hormiga cruce

el resto de muralla.

 

En el fondo del patio un niño juega.

 

Las hojas que trae el otoño

 

Las hojas que trae el otoño

son piel añeja

que se desprendió del sol.

Mugen hondas las campanas

soltando sus raíces al viento

como una estampida

de ausencias en el aire.

Crujen las ruedas

de una carreta neblinosa.

Un puente sostiene las orillas.

La tarde se descascara de un coihue

mientras dios y satanás

juegan ajedrez sobre mi tumba.

 

Mi abuela teje

 

Mi abuela teje sentada en mimbre

junto a su salamandra.

Teje el olor a duraznos

que al partir llevarán sus hijos,

madre de todos los forasteros;

teje mientras en la mesa

mi abuelo habla de trenes y radicales

con los retoños segundos que gotean del reloj;

teje celajes y estaciones,

mares salpicando pétalos;

teje a veces estornudos o nietos

y le pregunta a los fantasmas

si le llevaron cafecito a Mario,

si vino la orfandad a ofrecer leña,

si la brisa trajo alguna carta.

Mi abuela teje al ritmo de un ronroneo

hasta el vapor de la tetera,

toma agua de hierba

y sus espinos afloran estrellas.

Teje los corredores llenos de trompos y nietos.   

Su sombra debe andar en el jardín

cortando patillas para darle a otras viejas

que pronto llegarán de la parroquia.

Entonces, deja sus manos a un lado

y pareciera que los ríos se detienen,

que las guerras se apaciguan,

que las hojas dejan de caer

y pone a secar la ropa sobre el hilo

de un volantín perdido entre los astros.

 

Toda el hambre

 

Toda el hambre humana

yace servida,

toda el hambre,

en este plato áspero de clase,

tibio.

Y es vorágine esta sola cuchara

raspando en el abismo

de una olla sin fondo.

Nadie sabe con qué ansias,

ni cómo tragarse

todas las palabras.

 

Las moscas rondan el lugar

como una constelación

de mofas irreverentes,

zurciendo esta rabia

magullada

en plena víspera de sal.

Afuera,

un desterrado

pasa arrastrando

el horizonte de su pierna.

 

Si hemos de llorar desconsolados 

que al menos sea

sobre el abrazo de cada puerta

antes de golpear su estatura

de padre muerto.

Si el sentido a veces es resta

y el candado múltiple de vagos,

si somos dividendos exhaustos

de una ecuación tan sigilosa

es porque hay una raíz

descuadrada bajo tierra,

un criterio redondo en mesa; 

porque no se trata de un solo deudo,

abstracto, de apuntar sin disparo,

sino de hacer banderas hasta con las sombras

y respirar debajo del tumulto

el esquivo beso

que el lento derrotero

no alcanzó a entregarnos.

 

De un sorbo llenaremos nuestra copa,

porque refresca el quebranto 

de tus labios descascarados,

que casi están volando,

y porque una lágrima del más simple

suele ser la gota que rebalsa el pecho. 

Andan tensos estos sueños caminando

hasta cortársenos las cuerdas

en pleno arpegio;

incluso, contra el tiempo,

saldrán a flote nuestras huellas.

 

Las manos no terminan en la caricia

ni en los golpes,

allí recién despiertan:

cuando amasan

los gritos más gordos de la gente,

cuando aprietan las piedras

hasta volverlas papas,

cuando se detienen

a desnudar de cansancio sus pies

y martillan la canción

para que arda en otra historia. 

 

No creas que estoy lejos.

Soy feliz de haber cicatrizado las miserias

a pesar de la hora

con sus segundos huérfanos

y las agujas cojeando sordera.

 

Empuñemos los abismos

y el trajín de cada puerto.

¿No escuchas al paisaje

desbordándose

ventana adentro?

Tu sangre anda por ahí,

asechando su pulso perdido

como tinta de un lápiz

a punto de estallar en el silencio.

 

Estaremos de pie

mientras alguien abra

una trinchera de ternura

con un mordisco

y se duerman los caídos

en su propia tabla

pensando en ahorcar barrotes

y castrar a todo héroe en su garita,

fusilar dioses en la cancha,

preguntarse por la edad de los castigos,

hasta volver al patio

donde la piel descansa.

 

Pero queda un frío revoloteando

en los bolsillos del abrigo.

 

No sé perdonar esta paz

que nos carcome los huesos;

la indiferencia ahoga los tambores,

murmullo de aplausos mancos:

hay un clavo que sostiene nuestra herida.

Entonces, se nos hace poco protestar

por aspirinas metafísicas

o pedir pétalos tartamudos

para lanzar al ventilador.

Resbala en los espejos

empañados, yertos,

el escupo a secas

que merecen las alfombras,

las antesalas y la agenda

del cabrón de turno.

Se vuelven nada

esas rebeldías en serie:

el vacío y la mirada turbia

de tener cesante

al propio ángel trasnochado.

 

Sin embargo,

quiero ajustarme los zapatos

y dar cuerda

en sentido inverso

a esa sien que titubea

frente al ritmo de los remos.

 

Salvemos nuestras manos sobre la hoguera

que todavía viajan en cada cosa;

incluso en sus paraísos en veda, 

en sus cartas de perdón a diciembre. 

Maldigo los guantes

y los nombres de esos países

parecidos a las estatuas,

maldigo la caridad

y el sobre espanto de orgasmos

en el aire,

porque basta con estar de pie

para tener un enemigo.

Aunque no alcance

con la simpleza del trigo

o la agonía que te asalta

a mano armada,

les saldremos al paso

a los formales

mirando fijo a sus pupilas.

 

Toda el hambre humana yace servida,

toda el hambre...  

 

Polilla

 

Tarde nublada que traigo

en los bolsillos dolorosos

¿Cómo compararte

con esas hadas pirujas

de los cuentos castigados?

Insistencia ebria que gotea

en la llave averiada

de tanto encontrarse.

Ansia del último revoloteo

que ronda como duda picoteando

en la lengua pedante del mago

de cualquier feria.

Ah, polilla;

hurgas las ropas y las cortinas,

comes de nuestra desnudez,

te pareces a las ideas desesperadas

por sus siluetas.

Flor del harapo,

cuando llueve

dejas de rondar la ampolleta,

luego nos devoran en hileras

hasta quedar debiendo carne

con los huesos al viento,

como letras cansadas

de sostener una frase.

¿Tan polilla te llamas?

Si sólo eres el viejo polvo

de los muebles a toser.

Asombro suicida buscando

su nombre con ceguera.

Color enfermo que huyes del día,

asustado como el rostro

de los muros sin rayar;

pólvora de la ventisca nocturna,

de faroles acumulando incertidumbre,

órbita voraz, 

con ambas alas izquierdas

tan torpes

que pareces ser un vicio necesario.

Traspié del brillo contra el tanteo,

rápido aletear de tinieblas jóvenes,

siempre te apagas

cuando quieres asesinarnos

sobre la luz.

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 Referencia
.  "Andrés González. Selección de poemas (Consejos del alerce)."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   21 de noviembre de 2009.
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